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March 05 2010
Diógenes Laercio – Vida de Heráclito
1. Heráclito, hijo de Blisón, o según algunos, de Heración, fue efesino, y floreció hacia la Olimpíada LXIX. Sentía en las cosas muy elevadamente, como consta de sus escritos, donde dice: «El aprender muchas cosas no instruye la mente.» Y que enseñó a Hesíodo, a Pitágoras y aun a Jenófanes y a Hecateo;[1] pues la verdadera y única sabiduría es conocer la mente,[2] que puede disponer o gobernar todas las cosas por medio de todas las cosas. Decía que Homero era digno de ser echado de los certámenes y de ser abofeteado, y lo mismo Arquíloco. Que los ímpetus de una injuria deben apagarse más que un incendio, y que el pueblo debe defender las leyes lo mismo que los muros.
Heráclito – Peter Paul Rubens
2. Reprendió vivamente a los efesinos porque habían echado a su compañero Hermodoro, diciendo: «Todos los efesinos adultos debieran morir, y los impúberes dejar la ciudad, entendido de aquellos que expelieron a Hermodoro, su bienhechor, diciendo: Ninguno de nosotros sobresalga en merecimientos; si hay alguno, váyase a otra parte y esté con otros.» Como le pidiesen que les pusiese leyes, lo omitió por causa de que la ciudad estaba ya depravadísima en las costumbres y mal gobierno, y retirándose al templo de Diana, jugaba a los dados con los muchachos. A los efesinos que estaban a su alrededor les dijo: «¿Qué os admiráis, perversos? ¿No es mejor hacer esto que gobernar la república con vosotros?»
3. Finalmente, fastidiado de los hombres, se retiró a los montes y vivió manteniéndose de hierbas; pero acometiéndole de resultas una hidropesía, regresó a la ciudad, y preguntaba enigmáticamente a los médicos «si podrían de la lluvia hacer sequía». Como ellos no lo entendiesen, se enterró en el estiércol de una boyera, esperando que el calor del estiércol le absorbiera las humedades. No aprovechando nada esto, murió de sesenta años. Mi epigrama a él es como sigue:
Me admiré muchas veces
de que viviese Heráclito otro tiempo
sufriendo tantos males y miserias,
para después morirse.
Regando al fin su cuerpo
con enfermas y malas humedades,
extinguió de sus ojos
la luz y los llenó de oscuras sombras.[3]
Pero Hermipo asegura que Heráclito dijo a los médicos que «si alguno podía sacar humedad oprimiendo la tripa»; y respondiendo que no, se puso al sol y dijo a los muchachos que lo cubriesen y emplastasen con estiércol; con lo cual se apresuró la vida y murió al día siguiente, y fue enterrado en el Foro. Neantes Ciziceno dice que no pudiendo quitarse el estiércol ni eximirse de él, permaneció allí y se lo comieron los perros, no habiéndolo conocido por causa del disfraz del estiércol.
4. Fue admirado desde niño, y siendo mancebo decía «que no sabía cosa alguna»; pero cuando llegó a la edad perfecta decía que «lo sabía todo». De nadie fue discípulo, sino que él mismo se dio a las investigaciones, y decía haberlo aprendido todo por sí mismo. Sin embargo, dice Soción que algunos lo hacen discípulo de Jenófanes, y que Aristón asegura, en el libro De Heráclito, que curó de su hidropesía y murió de otra enfermedad. Esto mismo dice también Hipoboto.
5. El libro que de él nos queda, por su contenido se intitula De la naturaleza, bien que está dividido en tres discursos, a saber: Del Universo, De política y De Teología. Lo depositó en el templo de Diana; y, según algunos, lo escribió de industria oscuro para que sólo lo entendiesen los eruditos, y por vulgar no fuese desestimado. Píntalo también Timón diciendo:
Y entre ellos se me erguía y engreía
el cuclillo importuno,
murmurador del pueblo,
Heráclito, inventor de quisicosas.
Teofrasto dice que la melancolía le hizo dejar sus escritos, unos a medio hacer y otros a veces muy ajenos de verdad. La señal de su grandeza de ánimo, dice Antístenes en las Sucesiones, es haber cedido el reino a su hermano.[4] Su libro se hizo tan célebre, que llegó a tener secuaces, llamados heraclitanos.
6. Sus opiniones en común son las siguientes: «Todas las cosas provienen del fuego, y en él se resuelven. Todas las cosas se hacen según el hado,[5] y por la conversión de los contrarios se ordenan y adaptan los entes. Todo está lleno de almas y de demonios.» Acerca de las mudanzas que acontecen en el estado de las cosas del mundo, sintió así: «Que el sol es tan grande cuando aparece.» Afírmase también que dijo que «la naturaleza del alma no hay quien la pueda hallar por más camino que ande: ¡tan profunda es esta cuestión!» Al amor propio lo llamaba «mal de corazón,[6] y que la vista y aspecto engañan».
7. En su obra habla algunas veces clara y sabiamente; tanto, que cualquiera, aun duro de entendimiento, lo entiende fácilmente y conoce la elevación de su ánimo. La brevedad y gravedad de sus interpretaciones es incomparable.
8. Sus dogmas en particular son como se sigue: «Que el fuego es elemento, y que todas sus vicisitudes o mutaciones se hacen por raridad y densidad.» Pero nada de esto expone distintamente. «Que todas las cosas se hacen por contrariedad, y todas fluyen a manera de ríos. Que el universo es finito. Que el mundo es único, es producido del fuego y arde de nuevo de tiempo en tiempo alternadamente todo este evo. Que esto se hace por el hado. Que de los contrarios, aquel que conduce las cosas a generación se llama guerra y lucha o contención, y el que al incendio, concordia y paz. Que la mutación es un camino hacia arriba y hacia abajo, y según éste se produce el mundo. Que el fuego adensado se transforma en licor, y adquiriendo más consistencia para en agua. Que el agua condensada se vuelve tierra, y éste es el camino hacia abajo. Liquídase de nuevo la tierra y de ella se hace el agua, de lo cual provienen casi todas las demás cosas», refiriéndolo a la evaporación del mar. «Éste es —dice— el camino de abajo arriba. Que las evaporaciones o exhalaciones se hacen de la tierra y del mar unas perspicuas y puras, otras tenebrosas. De las puras se aumenta el fuego; de las otras, el agua.»
9. Lo que encierra la circunferencia no lo explica; pero dice «hay allá unos como cuencos, vuelta hacia nosotros la parte cóncava, en los cuales, acopiándose las exhalaciones puras y perspicuas, forman las llamas, que son los astros. Que la llama del sol es clarísima y calidísima; los demás astros están muy distantes de la tierra, y por ello lucen y calientan menos. Que la luna, estando más cercana a la tierra, anda por paraje no puro; pero el sol está en lugar resplandeciente y puro, y dista de nosotros conmensuradamente; ésta es la causa de calentar más y dar mayor luz. Que se eclipsan el sol y la luna cuando sus cuencos se vuelven hacia arriba, y que las fases mensuales de la luna se hacen volviéndose poco a poco a su cuenco. Que el día, la noche, los meses, las estaciones anuales y los años, las lluvias, los vientos y cosas semejantes se hacen según la diferencia de exhalaciones, pues la exhalación pura inflamada en el círculo del sol hace el día, y cuando obtiene la parte contraria hace la noche. Que de la luz, aumentándose el calor, se hace el estío, y de sombra crece la humedad y se hace el invierno». Consecuentemente a éstas disputa de las demás causas. Sobre cuál sea la tierra nada dice ni tampoco de los referidos cuencos. Hasta aquí sus dogmas.
10. Cuál fuese el parecer de Sócrates acerca de Heráclito, habiendo visto un libro suministrado por Eurípides, como dice Aristón, lo dijimos en la Vida del mismo Sócrates. Seleuco Gramático dice que un tal Crotón escribe en su Buzo que un cierto Crates fue el primero que trajo este libro a Grecia y que dijo que «necesita uno de un nadador delio para no ahogarse en él». Algunos lo intitulan Musas; otros, De la naturaleza; Diodoto, Exacto gobernalle para el nivel de la vida. Otros, Gnomon de las costumbres, y complemento y ornato de una cierta medida para todas las cosas. Dicen que preguntado por qué callaba, respondió: «Porque vosotros habláis.» Aun Darío deseó su compañía, y le escribió en esta forma:
«EL REY DARÍO, HIJO DE HISTASPIS, AL SABIO HERÁCLITO EFESINO: ALEGRARSE.
«Publicaste un libro difícil de comprender y de explicar. En algunos lugares, si se entiende a la letra, parece encierra cierta fuerza de especulación de todo el mundo y de cuanto en él se hace, lo cual está constituido en el movimiento divinísimo; pero muchas cosas tienen asenso;[7] y así, aun los que han leído mucho, quedan dudosos del recto sentido que parece quisiste dar a todo. El rey Darío, hijo de Histaspis, quiere ser uno de tus oyentes y participar de la erudición griega. Ven, pues, en breve a nuestra vista y real palacio, pues los griegos, por lo común, no acostumbrando distinguir los varones sabios, menosprecian las cosas que éstos demostraron dignas de que se oigan y aprendan con estudio y diligencia. Conmigo tendrás el primer lugar, cada día una comunicación grave y honesta, y una vida sujeta a tus exhortaciones.»
«HERÁCLITO EFESINO AL REY DARÍO, HIJO DE HISTASPIS: ALEGRARSE.
«Cuantos viven en estos tiempos huyen de la verdad y de practicar lo justo, dándose todos a la insaciabilidad y vanagloria por falta de juicio; mas yo, por cuanto doy al olvido toda injuria y declino de toda familiar envidia; asimismo, porque huyo de vanidad y fasto, no pasaré a Persia, contentándome con mi cortedad, que es lo que me acomoda.» Tal fue este varón para con el rey.
11. Demetrio dice en sus Colombroños que también menospreció a los atenienses por la excesiva opinión que de sí tenía; y aunque desestimado de los efesinos, eligió el vivir con ellos. Hace también memoria de él Demetrio Falereo en la Apología de Sócrates. Hubo muchos que interpretaron su libro, como son Antístenes, Heráclides Póntico y Esfero Estoico, a quienes se añaden Pausanias el llamado Heraclitista, Nicodemes y Dionisio, y de los gramáticos Diodoto, el cual dice que aquel escrito no es de física, sino de política, pues lo que trata de física es allí por modo de ejemplo. Jerónimo dice que Escitino, poeta yámbico, emprendió el poner en verso dicho libro.
12. Corren muchos epigramas escritos a él, de los cuales es uno el que se sigue:
Soy Heráclito, sí, necios e ignaros;
¿qué me estáis abatiendo?
No he trabajado, no, para vosotros,
sino para los sabios y peritos.
Váleme por tres mil un hombre solo,
e infinitos, ninguno.
Esto digo también a Proserpina.
Y otro:
No en breve desenvuelvas hasta el eje[8]
el volumen de Heráclito Efesino;
es para ti camino muy impervio,
lleno de oscuridad densa y opaca;
pero si mente sabia te dirige,
aún más claro que el sol lo verás todo.
13. Hubo cinco Heráclitos. El primero, éste. El segundo, un poeta lírico de quien hay un Encomio de los doce dioses.[9] El tercero, un poeta elegiaco natural de Halicarnaso, a quien Calimaco compuso los versos siguientes:
Uno tu muerte, Heráclito, me dijo,
y me sacó las lágrimas al punto.
Me acordé de cuantas veces
solíamos pasar soles y soles
en sabias juglerías; pero ahora,
Halicarnasio amigo, eres ceniza.
Moriste, sí, moriste;
pero la melodía de tu canto
vivirá eternamente. Y aunque Pluto
se lo arrebate todo,
no alcanzarán sus manos a tu fama.
El cuarto fue lesbio, y escribió la Historia de Macedonia. Y el quinto, un truhán, el cual, de citarista que era, se dio a este modo de vida.
[1] Por prolepsis (según entiendo, e indica el aoristo I, que pone Laercio), pues éstos eran ya muertos.
[2] Casaubono interpreta por Dios la palabra Gnomen, Mente. Tengo por legítima esta interpretación, por razón de lo que añade Laercio de nuestro filósofo y lo que de él escriben algunos Santos Padres.
[3] Parece hacen alusión a la oscuridad de los escritos de Heráclito.
[4] Reino, decimos, aunque también esta voz ordinariamente significa cierta magistratura de Éfeso, que presidía a los sacrificios, y allí tenía este nombre, como entre los romanos Rex sacrificulus. o Rex sacrorum. Su mujer se llamaba Regina, y su palacio, Regia.
[5] Porque Heráclito decía que “la esencia del hado, es una razón trascendental a la naturaleza del universo”, según escribe Plutarco, lib. I, cap. XXVIII, De las opiniones de los filósofos.
[6] En latín, sacrum morbum.
[7] Sigo la versión común de los intérpretes; pero no dudo debe traducirse así: pero en muchas cosas se debe suspender el asenso. Éste es el significado filosófico de la correspondiente voz griega.
[8] Los latinos decían: ad umbilicum usque. Eran los cabitos torneados, con su botoncito, del palo en que se arrollaban los que llamaban, volúmenes.
[9] Los doce dioses principales de los gentiles, llamados dioses consentes, seis machos y seis hembras. Ennio los incluye en estos versos:
Juno, Vesta, Minerva, Ceresque, Diana, Venus, Mars,
Mercurius, Jovis, Neptunus, Vulcanus, Apollo
Vidas de los filósofos más ilustres
Traducción del griego: José Ortiz y Sanz
Buenos Aires, Espasa Calpe, 1950
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February 14 2010
Voltaire – Cadena de los seres creados
La gradación infinita de seres, que desde el minúsculo átomo se eleva hasta el Ser Supremo, excita nuestra admiración, pero al examinarla detenidamente ese fantasma se desvanece, como los antiguos duendes al rayar el alba y sonar el canto del gallo.
La imaginación se complace en observar el cambio imperceptible de la materia bruta a la materia organizada de las plantas a los zoófitos, de los zoófitos a los animales, de éstos al hombre, del hombre a los genios, de los genios a las sustancias inmateriales y, siguiendo esos millares de órdenes diferentes, de sustancias que en belleza y perfección se elevan hasta Dios. Esta jerarquía complace a las buenas gentes, que se figuran ver en ella al papa y a sus cardenales, seguidos de los arzobispos y obispos, tras los cuales van los vicarios, sacerdotes, diáconos y subdiáconos, y cerrando la marcha, los frailes.
Pero hay más distancia entre Dios y las más perfectas criaturas, que entre el Santo Padre y el decano del Sacro Colegio: el decano puede ascender a papa, pero ¿el más perfecto de los genios puede llegar a ser Dios? ¿No media el infinito entre Dios y él?
Esta supuesta gradación o cadena no existe en los vegetales ni en los animales, prueba de ello es que hay especies de plantas y animales que han desaparecido. Por ejemplo, la muria, que ya no existe.
Los hebreos tenían prohibido comer carne de grifo y de ixión, dos especies de aves que es probable hayan desaparecido del mundo. Aunque no hubiéramos perdido algunas especies de animales, es indudable que pueden extinguirse. Los leones y los rinocerontes empiezan a ser escasos. Si el resto del mundo hubiera imitado a los ingleses, quizá ya no habría zorros en el planeta.
Es probable que hayan existido razas de hombres que ya no se encuentran. Pero suponiendo que hayan subsistido, como los blancos, negros, cafres o samoyedos, ¿no es cosa visible que ha mediado siempre un espacio vacío entre el mono y el hombre?, ¿no cabe imaginar un animal de dos pies, implume, que fuera inteligente, sin estar dotado del uso de la palabra ni del rostro humano, del que pudiéramos apoderarnos y respondiera a nuestros signos y nos sirviera? Y entre esta nueva especie y la del hombre, ¿no podríamos imaginar otras especies?
El divino Platón, por encima del hombre, sitúa en el cielo una retahíla de seres celestes porque la fe nos lo enseña. Pero, ¿qué razón tenía para creer en ellos? Aparentemente, no se había comunicado con el alma de Sócrates, y el buen hombre Heres, que resucitó expresamente para enseñarle los arcanos de la otra vida, nada le dijo de tales sustancias.
Esa supuesta cadena no está menos interrumpida en el universo sensible. ¿Qué gradación hay entre los planetas? La luna es cuarenta veces más pequeña que nuestro Globo; si viajáis desde la Luna por el vacío os encontraréis con Venus, que es casi tan grande como la Tierra. Desde allí vais a buscar a Mercurio, que describe una elipse muy diferente del círculo que recorre Venus, que es veinte veces más pequeño que la Tierra, y el Sol, un millón de veces más grande; Marte, cinco veces más pequeño y da la vuelta en dos años; Júpiter, su vecino, la da en doce, y Saturno en treinta, y éste, que es planeta más alejado de nosotros, no es tan grande como Júpiter. ¿Dónde existe, pues, la gradación? ¿Cómo es posible suponer que en los grandes espacios vacíos existe una cadena que lo ligue todo? De existir alguna, es indudable que ha de ser la que Newton descubrió, la que hace gravitar todos los Globos del mundo planetario unos hacia otros en el inmenso vacío.
¡Ah, divino Platón! Temo que sólo nos hayas contado leyendas y escrito sofismas. Has causado más daño que jamás pudiste imaginar. ¿Cómo lo causó?, se me preguntará. No seré yo quien lo diga.*
Fuente: Ciudad Seva
* Otras variantes
¡Admirado Platón! ¡Sólo relatasteis cuentos; y llegó a las islas Casitérides, donde, en vuestro tiempo, los hombres iban desnudos, un filósofo que ha enseñado a la tierra verdades tan grandes como pueriles eran vuestras imaginaciones.
Variante del final (Edición 1770): “¡Oh, admirado Platón! Tengo miedo de que sólo nos halláis contado fábulas, y de que no hayáis hablado sino en sofismas.
¡Oh Platón! Me habéis hecho más daño del que creéis: ¿cómo es esto posible?, me preguntarán, pero yo no lo diré.”
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January 29 2010
Voltaire – Mesías
Esta palabra proviene del hebreo y es sinónimo del vocablo griego Cristo. Uno y otro los consagró la religión y sólo se aplican al ungido por excelencia, al soberano libertador que el antiguo pueblo judío esperaba cuya venida aún espera, y que fue para los cristianos Jesús, hijo de María, que consideraron como al ungido del Señor, el Mesías prometido a la humanidad. Los griegos usan también la palabra Eleimmenos, que significa lo mismo que Cristo.
Vemos en el Antiguo Testamento que el nombre de Mesías, en vez de aplicarse al libertador, cuya venida esperaba el pueblo de Israel, se aplicó también con frecuencia a los reyes y príncipes idólatras que por voluntad del Eterno eran ministros de sus venganzas o instrumentos para ejecutar los designios de su sabiduría. Por eso el autor de Eclesiastés dice de Elíseo qui ungis reges ad poenitenciam, o como han traducido de los Setenta ad vindictam (Que unges los reyes para la penitencia y para la venganza del Señor). Por eso envió un profeta para ungir a Jehú, el rey de Israel. Anunció la unción sagrada a Hazael, rey de Damasco y de Siria, esos dos príncipes fueron los Mesías del Altísimo para vengar los crímenes y las abominaciones de la casa de Achab.
En el capítulo 45 de Isaías se llama expresamente Mesías a Ciro. «De este modo, el Eterno dijo a Ciro su ungido y su Mesías...» Ezequiel, en el capítulo 28 de sus profecías, da el nombre de Mesías al rey de Tiro, al que llama también querubín, y habla de él y su gloria ditirámbicamente.
Además, el nombre de Mesías, que en griego significa Cristo, como hemos dicho, se aplicaba a los reyes, a los profetas y a los sumos sacerdotes hebreos. «El Señor y su Mesías son testigos» (Libro I de los Reyes, capítulo 12). Lo que quiere decir: El Señor y el rey que El ha establecido. David, animado por el espíritu de Dios, da repetidas veces a Saúl su suegro, el atributo de Mesías del Señor. «Dios me libre —dice con frecuencia— de perseguir al ungido del Señor, al Mesías de Dios.»
Si se designó así a reyes idólatras y a príncipes crueles y tiranos, también se hizo lo mismo en los antiguos oráculos para designar al verdadero ungido del Señor, al Mesías por antonomasia, cuya venida al mundo esperaban todos los fieles de Israel. Por eso Ana, madre de Samuel, concluye su impetración con estas palabras que no pueden aplicarse a ningún rey, porque entonces los hebreos no lo tenían: «El Señor juzgará los extremos del mundo, dará el imperio a su rey y levantará el altar de su Cristo, de su Mesías». Esa misma palabra se encuentra en muchos oráculos.
Si se comparan esos diferentes oráculos y los que hacen referencia al Mesías, de la comparación resultarán contrastes hasta cierto punto inconciliables y que justifican la obstinación del pueblo, su destinatario.
Porque, ¿cómo podemos concebir, antes que los hechos hubieran justificado en la persona de Jesús que estuviera dotado de inteligencia divina y humana a la par, un ser grande y abatido que triunfa del diablo y que éste, a pesar de ello, lo tienta, lo arrastra y le hace viajar contra su voluntad, un ser que es señor y siervo, rey y vasallo, sacrificador y víctima al mismo tiempo, mortal y vencedor de la muerte, rico y pobre; conquistador glorioso cuyo reinado eterno será también eterno, que debe someter el mundo por sus prodigios y, sin embargo, es un hombre que recorre toda la escala del dolor, privado de toda clase de comodidades, carente en absoluto de lo necesario para la vida, que se llama rey y viene al mundo a colmarle de gloria y honores y, no obstante, pasa la vida inocente y desgraciado, se ve perseguido y muere en un suplicio vergonzoso y cruel, encontrando en esa humillación y en ese envilecimiento el origen de una sublimación única que le lleva al punto más elevado y culminante de la gloria, del poder y de la felicidad, colocándole en el abolengo de la primera de las criaturas?
Todos los cristianos saben de esos caracteres que parecen incompatibles en la persona de Jesús de Nazaret y sus seguidores le dan este título, no porque fuera ungido de manera ostensible, inmaterial, como lo eran antiguamente algunos reyes, profetas y sumos sacerdotes, sino porque el espíritu divino le había designado para llevar a cabo sublimes destinos y recibió la unción espiritual que es indispensable para realizarlos.
Acabábamos de escribir esto sobre punto tan trascendente, cuando un exégeta holandés, más célebre por el descubrimiento que nos comunicó que por sus mediocres papeles, nos hizo saber que Jesús era el Cristo, el Mesías de Dios, ungido en las tres épocas más notables de su vida con la sola finalidad de que fuera nuestro rey, nuestro profeta y nuestro Sumo Sacerdote.
Cuando recibió el bautismo de manos de Juan, la voz de Yavéh le declaró su hijo único y bien amado y, por lo mismo, su representante. Transfigurado en el monte Thabor, asociándose a Moisés y a Elías, la misma voz sobrenatural lo anunció a la humanidad como hijo del que anima y envía a los profetas y a quien debe obedecerse con preferencia a éstos. En el huerto de Getsemaní descendió un ángel del cielo para confortarle en las congojas que le causaba la proximidad de su suplicio. Le infundio valor para soportar una muerte cruel que le era imposible evitar, porque debía prestarse al sacrificio como víctima pura e inocente.
El sabihondo exégeta holandés encuentra el óleo sacramental de estas unciones celestes en los signos visibles que el poder de Dios hizo aparecer sobre su ungido: en su bautismo, la paloma que simboliza al Espíritu Santo que descendió sobre él y en el Thabor la nube milagrosa que cubrió su cuerpo.
Tras saber esto es necesario ser muy incrédulos para no reconocer por esos signos al ungido del Señor por antonomasia, al Mesías prometido, y nunca deploraríamos bastante la ceguedad inconcebible del pueblo hebreo si su proceder no se hubiera ajustado al plan de la infinita sabiduría de Dios y no hubiera sido preciso para la culminación de su obra y la salvación de la humanidad.
Pero debemos también reconocer que en el estado de opresión en que se hallaba el pueblo hebreo, después de las gloriosas promesas que el Eterno le hizo repetidas veces, debía seguir suspirando por la venida del Mesías prometido que le había de emancipar, y que hasta cierto punto es injustificable que no reconociera a su libertador en la persona de Jesús tanto más cuando es natural que el hombre piense más en el cuerpo que en el espíritu, o lo que es igual, sea más sensible a las necesidades del momento que a los beneficios del porvenir, que siempre son inciertos.
Por otra parte, debe creerse que Abrahán, y después de él algunos patriarcas y profetas, pudieron formarse la idea de cómo debía ser el reinado espiritual del Mesías, pero esa idea debió quedar encerrada en el pequeño círculo de los iniciados. Por eso no debe sorprendernos que desconociéndola la mayoría del pueblo, la noción de esa idea se haya alterado hasta el punto de que cuando el Salvador apareció en Judea, el pueblo y sus doctores, con sus príncipes incluidos, esperaban la venida de un monarca, de un conquistador, que con la rapidez de sus gestas gloriosas debía sojuzgar al mundo entero. ¿Cómo, pues, podían conciliar la idea halagadora que tenían del Mesías en el estado abyecto, en apariencia milagrosa, en que se les apareció Jesucristo? Por eso se escandalizaron al oír que se anunciaba como el Mesías y le persiguieron, le atormentaron y le sentenciaron a padecer la muerte de los criminales. Desde entonces, al no ver ningún suceso que indicara iban a cumplirse sus profecías y resistiéndose a su incumplimiento, los judíos se entregaron a toda clase de ideas utópicas.
Así, al presenciar los triunfos de la religión cristiana y comprender que podían explicarse espiritualmente y aplicar a Jesucristo la mayoría de sus antiguas profecías, convinieron, contra la opinión de sus antepasados, en negar los pasajes que creemos aluden al Mesías, interpretando torcidamente el Antiguo Testamento y procurándose su perdición.
Algunos judíos dicen que han sido mal interpretadas sus profecías y que en vano suspiran por la venida del Mesías, porque ya vino y lo personificó Ezequías. Esto sostiene el famoso Hillel. Otros, contemporizando con los tiempos y las circunstancias, opinan que la creencia de la venida de un Mesías no es artículo fundamental de fe y que negando esa doctrina no se conculca la ley, sino que se le hace una simple variación. El judío Albo, al sostener esta variación, decía al papa que negar la venida del Mesías no era más que cortar una rama del árbol sin tocar sus raíces.
El famoso rabino Jarchi o Raschi —que vivía a principios del siglo XII— dice que los antiguos hebreos creían que el Mesías había nacido el día que las legiones romanas destruyeron Jerusalén. A esto, vulgarmente se dice «después de muerto el burro, cebada al rabo».
El rabino Kimchi, contemporáneo del anterior, anunció que el Mesías, cuya venida creía muy próxima, expulsaría de Judea a los cristianos que le perseguían. Cierto que los cristianos perdieron Tierra Santa, pero fue porque los venció Saladino, y por poco que ese conquistador hubiera protegido a los judíos poniéndose de su parte tal vez, teniendo en cuenta su entusiasmo, hubieran creído que Saladino era su Mesías.
Los autores de las Escrituras y el mismo Jesús comparan con frecuencia el reinado del Mesías y la eterna felicidad a los días de bodas y festines, pero los talmudistas abusaron de esas parábolas y creen que el Mesías dará a su pueblo reunido en la tierra de Canaán un banquete en el que se servirá el mismo vino que hizo Adán en el paraíso terrenal y se conserva en vastas bodegas subterráneas que los ángeles socavaron en el centro de la Tierra. En ese banquete se servirá también el famoso pez llamado el gran Leviatán, que se traga de un bocado un pez más pequeño y tiene treinta brazas de longitud. Al principio, Dios creó un macho y una hembra de esa especie, pero por miedo de que trastornaran el mundo y lo llenasen de descendientes, mató a la hembra y la saló reservándola para el banquete del Mesías.
Los rabinos añaden que para dicho banquete matarán al toro Behemoth, tan grande que todos los días se come el heno de mil montañas. También mataron a la hembra de dicho toro al principio del mundo, para que una especie tan prodigiosa no se multiplicara, pero afirman que el Eterno no la saló porque la vaca salada no es tan buena como la de Leviatán. Los judíos tienen tanta fe en estos desvaríos rabínicos que con frecuencia juran por la parte que les toca del toro de Behemoth, como algunos cristianos desquiciados juran por su parte de paraíso.
Después de exponer estas ideas tan poco cuerdas respecto a la venida del Mesías y su reinado, ¿debe extrañarnos que los hebreos antiguos y modernos, y muchos primitivos cristianos, imbuidos por desgracia de esos desvaríos, no hayan tenido la elevada idea que merece la naturaleza divina del ungido del Señor y no hayan atribuido al Mesías la cualidad de Dios? Véase cómo se expresan los judíos sobre este punto en la obra Judae Lusitani Questiones ad Cristianos. «Reconocer un hombre‑dios es abusar de nosotros mismos, es inventarse un monstruo, un centauro, la extraña amalgama de dos naturalezas que no pueden conciliarse.» Y añaden que los profetas no dijeron «que el Mesías fuera un hombre‑Dios, que sabían distinguir entre Dios y David, que declararon al primero Señor, y su servidor al segundo, etc...»
Cuando apareció el Salvador, aunque las profecías eran claras, las oscurecieron por desgracia los prejuicios. El mismo Jesucristo, por contemporizar o por no escandalizar los espíritus se manifiesta muy reservado en lo tocante a su divinidad. «Quería —dice san Crisóstomo— acostumbrar insensiblemente a sus oyentes a creer un misterio que excede a la razón humana». Cuando habla con la autoridad de un Dios perdonando los pecados subleva a quienes lo presencian, y sus milagros más evidentes no pueden convencer de su divinidad a aquellos por quienes los efectúa. Cuando ante el tribunal del sumo sacerdote confiesa con modestia que es hijo de Dios, aquél se desgarra el manto e indignado le dice que es un blasfemo. Antes de la venida del Espíritu Santo, los apóstoles no tuvieron idea de la divinidad de su querido maestro; les pregunta qué piensa el pueblo de él y sus discípulos le contestan que unos creen que es Elías, y otros Jeremías o cualquier otro profeta.
San Pedro necesitó de una revelación para saber que Jesús era Cristo, el hijo de Dios vivo.
Indignados los judíos contra la divinidad de Jesucristo, recurrieron a toda clase de subterfugios para destruir ese gran misterio, subvirtieron el sentido de sus profecías o no las aplicaban al Mesías; sostenían que el apelativo de Dios no era exclusivo de la Divinidad y que los autores sagrados lo aplicaban a los jueces, magistrados y a los que estaban revestidos de autoridad. Y citan un gran número de pasajes del Antiguo Testamento que justifican esta observación, pero que no destruyen las palabras terminantes de las antiguas profecías referentes al Mesías.
Sostienen, además, que si el Salvador, y después de él los apóstoles, los evangelistas y los primitivos cristianos, llaman a Jesús hijo de Dios, ese atributo augusto sólo significaba en los tiempos evangélicos una contraposición al hijo de Belial, o sea que quería decir únicamente hombre de bien, servidor de Dios, como contrapuesto a hombre perverso que no temía a Dios.
Los judíos no sólo negaron que Jesucristo era el Mesías y su divinidad, sino que hicieron lo posible por hacerle aparecer despreciable, arrojando sobre su nacimiento, su vida y su muerte todo el ridículo y oprobio que pudo inventar su criminal encarnizamiento.
De todas las obras que produjo la animadversión de los judíos, ninguna tan odiosa y cerril como el antiguo libro Sepher Toldus Jeschut, descubierto por Vagenseii e insertado en el segundo tomo de su obra Tela ignea Satanae.
En dicha obra se cuenta una historia monstruosa del Salvador, inventada con toda la mala fe y odio posibles. Se refiere que un individuo llamado Pander o Pandera, avecindado en Belén, estaba locamente enamorado de una joven, esposa de Jokannán. De estas relaciones nació un hijo adulterino al que pusieron por nombre Jesua o Jesu. El padre de ese niño se vio obligado a huir y se refugió en Babilonia. Al joven Jesu le enviaron a la escuela, pero, añade el autor, tuvo la insolencia de mirar con desenfado a los sacerdotes y permanecer cubierto ante ellos en vez de presentarse con la cabeza baja y el rostro cubierto, como era costumbre entonces. Este atrevimiento fue reprendido y dio pie a que averiguaran su nacimiento espúreo y lo expusieran a la ignominia. El detestable libro Sepher Toldos Jeschut es conocido desde el siglo II. Celso lo cita de buena fe y Orígenes le refuta en el capítulo IX.
Otro libro también titulado Toldos leschut, que sacó a la luz Huldric el año 1705, apenas se aparta de la doctrina del Evangelio de la infancia e incurre con frecuencia en los más burdos anacronismos: hacer nacer y morir a Jesucristo durante el reinado de Herodes el Grande y supone que a este príncipe denunciaron el adulterio de Pander y de María, Madre de Jesús. El autor, que toma el nombre de Jonatham, dice ser contemporáneo de Jesucristo y que vivía en Jerusalén, refiere que Herodes consultó sobre el supuesto adulterio con el sanedrín de una ciudad situada en Cesárea, pero no entra en nuestro ánimo ocuparnos de un autor tan absurdo.
Sin embargo, hay que confesar que esas calumnias mantenían en los judíos el odio implacable que sentían por los cristianos y el Evangelio, y por eso hicieron lo posible por alterar la cronología del Antiguo Testamento e introducir la duda respecto a la época de la venida al mundo del Salvador.
Ahmed‑ben‑Cassum‑la‑Andacousi, moro de Granada que vivió a fines del siglo XVI, cita un viejo manuscrito árabe hallado con dieciséis láminas de plomo, grabadas con caracteres árabes, en una cueva de Granada. Don Pedro de Quiñones, arzobispo de dicha ciudad, atestigua ese hallazgo. Las láminas de plomo las llevaron a Roma y después de examinarlas con suma atención fueron declaradas apócrifas durante el pontificado de Alejandro VII; sólo contienen historias fabulosas referentes a la vida de María y de su Hijo.
El nombre de Mesías, acompañado del epíteto de falso, se aplica todavía a los impostores que en diferentes épocas trataron de engañar a los hebreos. Hubo falsos Mesías ya antes de la venida del verdadero ungido de Dios. El sabio Gamaliel cita a uno llamado Teodas, cuya historia se halla en los papeles de Flavio Josefo, que se jactaba de pasar el Jordán a pie y consiguió atraerse muchos adeptos. Pero los romanos les persiguieron, cortaron la cabeza a su desventurado jefe y la expusieron en Jerusalén.
Gamaliel cita asimismo a Judas el Galileo, que sin duda es el que Josefo menciona en el capítulo XII del II libro de la guerra de los judíos. Dice que ese falso profeta llegó a reunir unos treinta mil hombres, pero la hipérbole es rasgo distintivo de dicho historiador.
En los tiempos apostólicos apareció Simón el Mago, que consiguió convencer a los habitantes de Samaria que él era la virtud de Dios. En el siglo siguiente, años 178 y 179 de nuestra era, durante el imperio de Adriano, hizo su aparición el falso Mesías Barchochebas al frente de un ejército. El emperador envió a Julio Severo para que lo derrotara y tras varios combates encerró a los sublevados en la ciudad de Bither, que aguantó un empeñado cerco y al fin fue tomada. Apresaron a Barchochebas y lo sentenciaron a la pena capital. Adriano creyó que el mejor medio de poner fin a las continuas rebeliones de los judíos era prohibirles, por medio de un edicto, que entraran en Jerusalén y puso guardias en las puertas de dicha ciudad para impedirlo.
Sócrotes, historiador eclesiástico, refiere que en 434 apareció en la isla de Candía un falso Mesías que se llamaba Moisés con el título de libertador de los hebreos y que decía haber resucitado para libertarlos de nuevo.
Un siglo después, en 530, se presentó en Palestina un falso Mesías llamado Juliano. Se anunciaba como un gran conquistador que al frente de su nación había de destruir por las armas a todos los pueblos cristianos. Los judíos, seducidos por estas promesas, mataron a muchos cristianos.
El emperador Justiniano envió sus legiones contra él, entablaron batalla, lo apresaron y lo mataron.
A comienzos del siglo VII, Serenus, un judío español, apareció como un Mesías. Predicó, tuvo discípulos y murió como ellos en la miseria. En el siglo XII aparecieron otros varios Mesías, uno de ellos en Francia durante el reinado de Luis el Joven. Lo ahorcaron, así como a sus partidarios, sin que se pudiera averiguar el nombre del maestro ni el de los discípulos. En el siglo XIII proliferaron los falsos Mesías; aparecieron siete u ocho en Arabia, Persia, España y Moravia. Uno de ellos, llamado David del Rey, tuvo fama de gran mago, entusiasmó a los judíos, y acaudilló un partido considerable, pero fue asesinado.
Jaedro Zieglerne, de Moravia, que vivía hacia mediados del siglo XVI, anunció la venida del Mesías dentro de catorce años, afirmando que lo había visto en Estrasburgo y guardaba con el mayor cuidado una espada y un cetro para ponerlos en sus manos. En 1624, otro Zieglerne confirmó la predicción del primero, y en 1666, Lebatei Leví, natural de Alepo, fingió ser el Mesías que predijeron los dos Zieglerne. Empezó predicando en los caminos reales y en los campos. Los turcos se burlaban de él, pero sus discípulos le admiraban. Al parecer, no atrajo a hombres relevantes de la nación judía porque los jefes de la sinagoga de Esmirna dictaron su sentencia de muerte, aunque la conmutaron por la pena de destierro.
Estuvo a punto de casarse tres veces, pero aseguran que desistió porque decía que tal acto era indigno de él. Se asoció con un tal Natán Leví, que representaba al personaje Elías que debía preceder al Mesías. En Jerusalén, Natán anunció que Labatei Leví era el libertador de las naciones. El populacho judío se sintió atraído por ellos, pero quienes tenían algo que perder los anatematizaron.
Leví, huyendo de la quema, se retiró a Constantinopla y de allí pasó a Esmirna. Natá Leví le envió cuatro embajadores que le reconocieron por el Mesías y le saludaron respetuosamente; esta embajada se impuso al pueblo y a algunos doctores, que declararon que Labatei Leví era el Mesías y el rey de los hebreos. Pero la sinagoga de Esmirna sentenció a su rey a ser empalado.
Labatei consiguió la protección del cadí de Esmirna y el entusiasmo de todo el pueblo judío, que se puso de su parte. Hizo levantar dos tronos, para él y para su esposa, tomó el nombre de rey de los judíos y dio a su hermano José Leví la denominación de rey de Judá. Prometió a los judíos que conquistaría el imperio otomano y llevó su jactancia hasta el extremo de cambiar de la liturgia judía el nombre del emperador por el suyo.
Lo encarcelaron en los Dardanelos y los judíos propalaron que los turcos le perdonaban la vida porque sabían que era inmortal. El gobernador de los Dardanelos se enriqueció con los regalos que los judíos le prodigaban para que les permitiera visitar a su rey, al Mesías prisionero que conservaba su dignidad y consentía que le besaran los pies.
Mientras tanto, el sultán, que tenía la corte en Andrianópolis, decidió acabar con aquella farsa: hizo que le trajeran a Leví y le dijo que si era el Mesías debía ser invulnerable. Leví convino en ello. El sultán dispuso entonces convertirlo en blanco de las flechas de su guardia. En este punto el Mesías no tuvo más remedio que confesar su vulnerabilidad aduciendo que sólo le enviaba Dios como testimonio de la santa religión musulmana. Y es que al verse continuamente azotado por los ejecutores de la ley se hizo mahometano, y vivió y murió tan despreciado de los judíos como de los musulmanes. Su conducta desacreditó de tal modo la profesión de falso Mesías que después de Leví no ha aparecido ningún otro.
Diccionario Filosófico
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January 16 2010
Marc Augé - París
No sé si París sigue siendo la capital, o más bien una capital, de las artes y del pensamiento (pues el artículo determinado, en estas cuestiones, es tan pretencioso como aproximado). Tengo la suerte de conocer a algunos artistas, a algunos editores, a algunos libreros, a algunos escritores, y encontrarlos a veces en París, de trabajar en una institución donde intelectuales de todo el mundo se dan cita un día u otro. Tengo también la suerte de dirigirme cada semana a jóvenes investigadores, a discípulos ya formados y llenos de entusiasmo y de interrogantes. Y tengo, de cuando en cuando, el sentimiento, al cruzarme con la discreta silueta de tal o cual de ellos, en el azar de una calle o de un cruce, de que siempre se está tramando algo en París, algo que desde luego tiene que ver con la creación, con el pensamiento, algo que no está circunscrito a un barrio en concreto, que no tiene asignada una sede (Saint-Germain-des-Prés, Montparnasse o Montmartre), sin duda porque las cosas ya no ocurren así, suponiendo que realmente hayan sucedido alguna vez de ese modo, algo que se incuba, como decimos de las enfermedades, pero también de las crisis o de las revoluciones.
Evocaré aquí, sin más, un decorado, un escenario y una intriga: el decorado que tengo ante los ojos, un escenario que busca personajes, unos personajes que buscan autor, una intriga que se me escapa porque formo parte de ella, en mi modesto puesto, y a la cual sólo los historiadores de mañana, quizá, podrán dar un sentido.
Si me hablan de la ciudad de París cuando estoy lejos de ella, los recuerdos y las imágenes que este nombre hacen surgir no son siempre los más recientes. En mí dormita un París íntimo, un poco borroso a veces, de colores velados como los de una foto antigua, de colores pasados, como suele decirse, utilizando una palabra que en este caso resulta muy evocadora, un París en color sepia, o en blanco y negro, cuya imagen se mezcla con las que me dejaron algunas películas de los años cuarenta o cincuenta y que se reponen todos los años, o casi, en los cines del Barrio Latino. Permítanme una confidencia: cuando el pianista de la película La Closerie des Lilas toca la melodía que sirve de tema central en Casablanca, me emociono como si recordara haber esperado la entrada de los alemanes en París al lado de Ingrid Bergmann y de Humphrey Bogart. Ésas son sin duda mis «ruinas de París»: una serie de clichés discontinuos y mal fechados que componen una especie de monumento sin edad.
Este París del recuerdo y de la ficción es el París de mi infancia, y más tarde el de mi adolescencia, un París que a veces me vuelve a la imaginación durante el atardecer, o en el transcurso de alguna noche de insomnio, un París tangible, tranquilo, apaciguador. No lo echo de menos. La ciudad de París no ha estado nunca tan presente en mí como hoy; cuando vivía en ella, me llegaba a aburrir, me llegaba a angustiar. Este París que permanece en mí no es en realidad el París en el que correteaba antaño con impaciencia, esperanza o melancolía.
Es, antes que nada, el París de la guerra, el París más tenso, ya que de 1940 a 1944 (cumplí cinco años en 1940), mi París era una ciudad guerrera, una ciudad en alerta, de toque de queda y de noche oscura, de cortinas corridas, de inviernos gélidos, aun más que ahora, y de veranos abrasadores. Era también una ciudad de sótanos: descubrí las catacumbas en los subsuelos de la calle Feuillantines, en la esquina de la calle Ulm con la calle Claude-Bernard. En aquella época, los institutos también impartían las clases de primaria, pero el instituto Montaigne alojaba al Estado Mayor alemán, y sus clases habían sido dispersadas por todo el distrito V: cursé mi décimo curso en la casa en la que vivió de niño Víctor Hugo (lo atestigua una placa, creo), y también creo recordar el nerviosismo de nuestros profesores cuando, metidos precipitadamente bajo tierra por causa de una alarma, los más intrépidos de nuestro grupo parecían sentir la tentación de explorar las cavidades oscuras cuya existencia nos descubría la débil luz de las linternas en los confines del estrecho emplazamiento en que estábamos agazapados.
A veces, durante la noche, las sirenas no habían terminado aún de aullar su grito de alarma cuando ya, por el oeste, hacia Boulogne-Billancourt, se inflamaba el cielo. El estruendo de la defensa antiaérea instalada a dos pasos de nosotros sobre la torre de la Escuela Politécnica acompañaba a esos resplandores un tanto remotos y, a veces, cuando no bajábamos al sótano, he llegado a apartar la cortina para seguir con la mirada los haces de luz que escudriñaban las profundidades del cielo en el furibundo fragor del cañoneo.
De la guerra y de París, las imágenes que conservo son discontinuas, pero claras. Recuerdo que en los Jardines de Luxemburgo buscaba los pedazos de los obuses de la defensa antiaérea, como otros buscan setas, porque eran excelentes imanes y porque mis compañeros y yo rivalizábamos en reunir la colección más completa posible. Durante los combates de liberación, nos quedábamos encerrados a cal y canto en casa, pero, por la misma ventana por la que había observado el mágico espectáculo de los bombardeos, vigilaba la plaza Maubert, donde habían aparecido unos jóvenes armados. Me acuerdo de los carros alemanes que surgieron a la altura del metro Cardinal-Lemoine y que dispararon por el hueco de la calle Monge (todos los cristales quedaron hechos añicos), sin duda para vengar la muerte de dos soldados caídos en una emboscada en la plaza. Y también me acuerdo del desfile de los camiones que, durante unas cuantas horas, huyeron hacia el este por el bulevar Saint-Germain, aprovechando una tregua con la resistencia. Me acuerdo de la segunda división blindada de Leclerc, que desfiló bajo nuestras ventanas, unas horas más tarde, para acantonarse en el Jardin des Plantes. Y además me acuerdo, desde luego, de la plaza situada frente a Notre-Dame, atestada de gente, y en la que la llegada del general De Gaulle se vio enturbiada por la descarga de fusilería de unos milicianos, lo que desencadenó un gran pánico entre los civiles. Conseguimos salir de los empellones, cruzar de nuevo el Sena y ponernos a cubierto en el laberinto de callejuelas, en aquella época muy deterioradas, que separaban la calle Saint-Jacques de la plaza Maubert. Aún veo al soldado estadounidense que, sin dirigir una sola mirada a nuestra enloquecida galopada, apuntaba hacia los tejados su pistola ametralladora, de cuyo cañón se escapaba un hilillo de humo.
El único interés de estas evocaciones surgidas de la memoria, pero sin duda también de la labor del tiempo y de la imaginación, estriba en que dibujan el cuadrilátero aproximado en cuyo interior me hice parisino y fuera del cual me siento siempre un tanto forastero; no exiliado (el término sería excesivo), pero sí de visita, de viaje, a la espera de un regreso hacia no sé muy bien qué origen.
El centro de este espacio íntimo en el que ya no vivo desde hace mucho tiempo es, por tanto, la plaza Maubert. Al norte, llega hasta Notre-Dame, a la que tan agradable resulta acceder por la calle Bernardins. Al oeste, se extiende hasta el Odéon, ya que era demasiado joven durante los años del existencialismo para que Saint-Germain-des-Prés me resultara realmente familiar. Al sur, la calle Vaneau, en la que vivieron mis abuelos durante la guerra, Sévres-Babylone (vi desembarcar en el hotel Lutétia a los deportados que regresaban de los campos de la muerte) y Montparnasse (hacíamos cola, en verano, en la calle Départ para comprar billetes con destino a Rosporden) eran los puntos extremos de este territorio que se detenía al este por el lado de la plaza de la Contrescarpe, de la calle Mouffetard y del Jardin des Plantes. Podría parecer que la relativa estrechez de este espacio ha marcado mi vida (después de todo, hice mis estudios en el instituto Montaigne, detrás de los Jardines de Luxemburgo, después en el instituto Louis-le-Grand, en la calle Saint-Jacques, y finalmente en la calle Ulm, detrás del Panthéon; actualmente imparto clases en el bulevar Raspail, enfrente del hotel Lutétia).
Sin embargo, soy más bien un viajero, y este confinamiento inicial quizá tenga algo que ver. No por el hecho de que haya contenido durante mucho tiempo un deseo de evasión, sino, al contrario, porque ese deseo se manifestó muy pronto y encontró satisfacción en el propio París. Mis padres eran buenos andarines y, desde mi primera infancia, recuerdo largas caminatas. Esas marchas tenían para mí algo de viaje, algo parecido a la sensación de ser arrancado del universo familiar, algo de exploración: me enfrentaba a lo desconocido, y con una mezcla de aprensión y de placer me aventuraba, escoltado, por los grandes bulevares, por Montmartre, por el bosque de Vincennes o de Boulogne, e incluso por tal o cual barrio distinguido en el que residían algunos amigos de mis padres. En los distritos VII y XVI experimenté unas intensas sensaciones de timidez, aunque sólo más tarde comprendí que eran timideces de clase: mi territorio era antes que nada un territorio social. De este modo, me da por pensar que fue en el aprendizaje del espacio parisino (repartido entre un interior y un exterior geográficos y sociales) donde se formó sin yo saberlo mi sensibilidad de etnólogo.
La afición por viajar nació muy pronto en mí; y la satisfice antes que nada viajando por París: nunca he dejado de cruzar la frontera entre mi territorio y otros territorios, y no dejo, a pesar de mis escapadas más remotas, de renovar esta experiencia. No es una experiencia sencilla; pone en juego una doble transformación. La mía, en primer lugar: si me defino como un viejo parisino, apostaría mucho a que no tengo la misma mirada que tenía en la época en que mis recuerdos de infancia no eran recuerdos. Después, la de la ciudad, cuya forma, según sabemos, «cambia más rápido, ¡ay!, que el corazón de un mortal». El verso que inspiraba a Baudelaire las transformaciones del Carrusel se aplicaría con tanta o más pertinencia al París de los últimos treinta años. De forma que, ante el París actual, confrontado a mis recuerdos, me encuentro a veces en la misma situación que el visitante de Roma imaginado por Freud, que buscaría la Roma quadrata o la Roma de la república sin poder encontrar el menor rastro de ellas. Dicho esto, no todo cambia, y todo lo que cambia no cambia de la misma forma. Tres París diferentes coexisten hoy en mi mirada y se ofrecen a mi exploración: el París que no ha cambiado, el París transformado y el París subvertido.
Antes que nada, una precisión para eliminar toda ambigüedad: no soy un nostálgico de París. No estoy obsesionado por el deseo de revelar las huellas del pasado o por constatar su ausencia. Los recuerdos no me asaltan cuando cruzo los Jardines de Luxemburgo o cuando cojo el metro en Maubert-Mutualité. Todos estos lugares son lo suficientemente actuales como para conservar a mis ojos el sabor del presente. Mis recuerdos, cuando siento su necesidad, los voy a buscar yo mismo; no les dejo que decidan por mí, aunque a veces suceda, a pesar de todo, que surjan por sí mismos, sin avisar. Sin embargo, en esos casos es raro que estén asociados a mis recorridos parisinos del momento. Se trata más bien de instantáneas, de imágenes recurrentes, insistentes, en las que se ha fijado o congelado una actitud, una expresión, y que constituyen una geografía alusiva y troceada.
No estando constituido ni por recuerdos ni por descubrimientos, el París que no ha cambiado, al menos a mis ojos, escapa, tal como sucede con las ruinas, a la historia. Este París está integrado por mis ruinas, es una obra de arte intemporal que, por esta razón, me proporciona el sentimiento de no existir más que para mí.
Me encuentro en el puente del muelle de la Tournelle y contemplo Notre-Dame. A poco que pase bajo el puente uno de esos mastodontes turísticos que la gente se empecina en llamar, quizá por ironía, bateaux-mouches, tengo la sensación de que he estado siempre aquí o, lo que viene a ser lo mismo, de que este retablo no ha cambiado, de que la cascada de piedras que brota de las torres de la catedral nunca ha cesado de precipitarse sobre los árboles del jardín, y de que sigue siendo el mismo pintor (un pintor dominguero, desde luego, pese a que también esté aquí durante la semana) el que ha instalado el mismo caballete para lanzarse al asalto de una misma e imposible reproducción.
Me encuentro en los Jardines de Luxemburgo, a la sombra de los castaños. Unas cuantas reinas de Francia dejan resbalar su sonrisa pétrea sobre unos chiquillos que no las miran. La geometría de los macizos de flores y de los cuadriláteros de césped permanece impasible y suntuosa. Más abajo, los asnos y los ponis pasan por los caminos llevando sobre sus lomos a unos niños silenciosos. Me siento en un banco o en una silla, entre sol y sombra, y noto la misma sensación que experimenté algunas tardes de verano en la playa de Bretaña: la sensación de que nunca ha cambiado nada, de que jamás he cambiado yo, de que la duración que fluye en mí no es ese tiempo que desgasta y que avejenta, y de que siempre he estado observando, un tanto adormecido, los mismos paseos del Luxemburgo.
Camino por los muelles, sin demorarme demasiado en los puestos de los libreros de viejo. Del otro lado del Sena, el Louvre. Dejo a mi derecha el Puente de las Artes, abarco con la mirada el espacio despejado de las Tullerías, el ancho cielo situado por encima del Obelisco y de los Campos Elíseos. Me digo que París es una de las pocas ciudades del mundo que ofrece unos paisajes que son a la vez tan naturales y tan urbanos. Paso voluntariamente por alto la calzada que discurre a lo largo de sus orillas, por la que desfilan los coches a toda velocidad. Aquí una vez más, con los ojos entrecerrados, a costa de un ligero esfuerzo, ayudado a veces por un rayo de sol que me hace feliz, me digo que todo permanece en su sitio, y yo también. París me ayuda a creer que existo.
Y sin embargo, París cambia, se transforma. Las excavadoras y las grúas no paran de trabajar. Algunos barrios ya no tienen el mismo rostro (Belleville invadido por las torres de apartamentos y las grandes urbanizaciones). Otros parecen haber sido creados, o estar creándose, de punta a cabo. Aún no he terminado los viajes que me llevan al exterior de mi territorio histórico cuando ya unas colosales obras de construcción han cambiado por completo las regiones que me proponía explorar. Al este, en la orilla derecha del Sena, el nuevo Ministerio de Hacienda y el Palacio Polideportivo de Bercy han acabado con los espacios indefinidos, incalificables e inconclusos del mercado de vinos. Algunos descampados han resistido, pero la nueva urbanización está en marcha. Hay jardines nuevos, que aún no conozco.
Lo mismo ocurre en la orilla izquierda, con la Biblioteca Nacional de Francia y el conjunto de inmuebles que empieza a proliferar junto a ella. El puerto sigue estando ahí (París es un puerto fluvial importante), pero toda la serie de espacios un tanto desordenados que lo bordeaban, donde anidaban unas barracas de funciones inciertas y unas cuantas casas endebles y viejas desde las que se debía percibir el Sena y las gabarras, se ve ahora obligada a entrar en vereda. Mañana tal vez se haya instalado definitivamente allí un barrio elegante, como ha sucedido en el paseo del Sena, en el distrito XV, o en la Défense, extramuros. ¿Qué tengo que decir? Nada, excepto que tengo por delante la tarea de volver a descubrirlos, de recorrerlos de nuevo, como si el urbanismo moderno, en París, no hubiera tenido otro objetivo que el de estimular y alimentar mi inclinación viajera.
Sin embargo, aún sigo teniendo un temor: que estos nuevos barrios, con independencia de su éxito técnico o estético -que será sin duda desigual-, se parezcan un día a otros de cualquier otro lugar del mundo, que obedezcan a una moda planetaria, pero que no la creen, que se parezcan, en suma, a esas ciudades «genéricas» que «se parecen a sus aeropuertos» (Rem Koolhas). Hablo, naturalmente, como viajero poco deseoso de encontrar al final de mis excursiones parisinas un barrio de Sao Paulo, de Tokio o de Berlín. Como si quisieran evitar estos efectos de la uniformidad, los barrios nuevos (la Défense, Bercy, Tolbiac) han sido concebidos sobre la base de un acontecimiento arquitectónico, de una obra como la Grande Arche o la Grande Bibliothéque, que, en teoría, confieren una personalidad al barrio. Se ha seguido la misma táctica para reorganizar algunos barrios antiguos (Bastille, Les Halles), y los más grandes arquitectos, de Piano a Pei y de Portzamparc a Chemetov, han estampado su firma en el nuevo París. El juicio en estas materias es difícil: hay que dar tiempo a la ciudad, y son los paseantes del mañana los que podrán decir si París sigue siendo París pese a transformarse.
Siento más inquietud cuando, según me voy acercando a mi territorio de origen y al deambular por él sin mantener no obstante ninguna vigilancia particular -demasiado influido por la costumbre, la vida cotidiana y el placer del presente como para entregarme al juego de las comparaciones-, percibo en sus calles la invasión lenta, insidiosa e irresistible de la ciudad genérica que se infiltra desde la periferia a través de los boquetes abiertos por el ferrocarril. A lo largo de los recorridos que realizo incesantemente por la ciudad, feliz de que siga siendo posible caminar por ella, me doy cuenta además de que la tarea de la subversión se encuentra más adelantada de lo que pensaba. En los distritos XV, XIII y V, los inmuebles de finales del siglo XIX o de principios del XX desaparecen uno a uno, remplazados por otros un poco menos feos y tristes que los de los años sesenta, de modo que una nueva clase de uniformidad va sustituyendo a otra. No tengo nada que reprochar a esa uniformidad, excepto que le falte originalidad, que no diseñe un París nuevo, sino una ciudad comodín, sin pasado ni porvenir.
La historia, no obstante, preocupa a los urbanistas y a los arquitectos. Para respetarla, utilizan al menos tres estrategias complementarias.
La primera es el efecto de fachada: se conservan las fachadas, pero detrás se desliza un conjunto más funcional. Ciertos cafés parisinos, entre los cuales se encuentra La Coupole, han sido rehechos de esta forma. Ya nada existe, pero todo se parece, más real que el mismo natural, desembarazado de todas las fragilidades e imperfecciones que el tiempo introduce en la piedra y el estuco. Es un poco como si en el Louvre no hubiese más que copias para permitir que los turistas identificaran con mayor facilidad a los autores.
No sé cómo llamar a la segunda estrategia, una estrategia que aproxima aun más a París a Las Vegas o Disneylandia: quizá le convenga el nombre de «efecto Gershwin», debido a Un americano en París. Porque está claro que se trata de eso. Se quieren hacer las cosas de modo que París, para seguir siendo París, tenga que parecerse a la ciudad tal como se la representaban y nos la representaban las primeras películas estadounidenses en tecnicolor. De este modo, se han diseminado por la capital fuentes de tipo Wallace de las que ya no fluye agua alguna, se han retrotraído al gusto de 1900 algunas estaciones de metro, se han adoquinado algunas callejuelas, se han remozado algunas estructuras: hay que construir un decorado que los turistas puedan reconocer para situarse. Es un poco el papel que desempeñan los masai que visten el traje tradicional para esperar a los visitantes en la entrada de su reserva: tranquilizan. En un mundo en el que la imagen es omnipresente, conviene que lo real se parezca a su imagen. Cuando me acerco hasta la plaza de la Contrescarpe por la calle Mouffetard, abarrotada de restaurantes exóticos y de transeúntes, me digo que Hemingway tendría problemas para reconocer la zona.
Y sin embargo, todo está aquí, reluciente como una moneda nueva. Todo o más que todo: la fuente de estilo antiguo, en el centro de la plaza, es una invención reciente. Protegida por una pesada cadena de buena pátina, es el toque de autenticidad del lugar. Me siento, espero, contemplo. Ya está, ahí llegan. Los turistas tienen cámaras cada vez más perfeccionadas. Se extasían. Yo sonrío: «¡Silencio! Se rueda».
La tercera estrategia pasa por la restauración, la luz y el espectáculo. A diferencia de Roma, donde la vida, en sus manifestaciones más cotidianas, prosigue su curso en el corazón del centro histórico (exceptuemos aquí a la Via dei Fori Imperiali), París adopta los aires de una gran dama un tanto ampulosa tan pronto como se sabe iluminada por los focos. Concebido de una forma excesivamente evidente para ser visitado, el Marais ha perdido su vitalidad pasada. No en balde se ha convertido París en el primer destino turístico del mundo.
Sin duda habría que matizar estas afirmaciones. Aún hay vida y ruido en las zonas protegidas. Habría que hablar de los nuevos París y, por ejemplo, del barrio de la République, donde los nuevos Gavroche tienen antepasados árabes, bereberes o de otros orígenes. Sin duda, habría que prestar atención a la vida de barrio, siempre animada, a los mercados, a todas las tonalidades irisadas de lo que a veces da en llamarse «París Pueblos», a la movida[1] parisina que anima los distritos I, II, XI y XII, pero también, un poco en todas partes, a las calles de apariencia tranquila. Sin duda, por último, habría aún mucho que decir sobre los itinerarios de creación, de trabajo y de ocio en una metrópoli que, a todas luces, se mantiene intensamente activa. Hay que reconocer sobre todo que el paseante, a pesar de sus arranques de cólera y de sus inquietudes, siempre experimenta placer al sentirse parisino. A pesar de los años, este placer, en lo que a mí respecta, procede invariablemente de una experiencia doble: en mi territorio de origen, de la experiencia de las fidelidades del cuerpo, de una costumbre que me guía de un punto a otro, sin que me percate de ello, por itinerarios «programados», pero que lo hace no obstante con algo de esa voluptuosidad animal de la que habla Bataille para evocar lo que imagina ser la sensación del pez en el agua o del pájaro en el aire; y también de la experiencia, casi opuesta, en esta ciudad que aún se me escapa y que, desde hace algunos años, se me escapa tanto más cuanto más se transforma, de lo desconocido, de la espera y de la curiosidad. Recuerdo, olvido. Sé mucho, no sé nada. Mañana vuelvo a recorrer el camino. París es una metáfora inmensa.
La conversión del mundo en espectáculo es, respecto a sí misma, su propio fin; en este sentido, quiere ser expresión del fin de la historia, de la muerte de la historia. Las ruinas, por su parte, aún dan señales de vida. Los escombros acumulados por la historia reciente y las ruinas surgidas del pasado no guardan parecido. Hay una gran distancia entre el tiempo histórico de la destrucción, que nos relata la locura de la historia (las calles de Kabul o de Beirut), y el tiempo puro, el «tiempo en ruinas», las ruinas del tiempo que ha perdido la historia o que la historia ha perdido.
La historia resulta desalentadora cuando sus tartamudeos la privan de sentido. La locura de la historia es una locura de episodios repetitivos. Los horrores se repiten. Los progresos de la tecnología no hacen más que amplificar sus efectos. La Primera Guerra Mundial fue testigo de la masacre de millones de jóvenes, unos jóvenes de quienes seguimos sin atrevernos a decir que murieron para nada, como no fuera para crear las condiciones de una nueva masacre veinte años después. Lo absoluto del terror y del horror se alcanzó con la Segunda Guerra Mundial, con los campos de la muerte y con las armas de destrucción masiva. Hoy, los cementerios de Normandía y la línea Maginot se han convertido en lugares turísticos. A juzgar por cómo se concentran las masacres y las destrucciones en el de ahora en adelante Tercer Mundo, uno se dice que el nuevo orden mundial, global, no es sino la recurrente figura del horror a escala planetaria.
Sin embargo, algunos optimistas piensan que el porvenir está aún por construir y que la historia del mundo como tal, del mundo efectivamente planetario, no ha hecho más que empezar. La paradoja consiste en que esa historia comienza en el momento en que quienes dominan el mundo desearían hacernos creer que ha terminado.
Para que sea efectivamente cierto que el nuevo mundo está aún por construir, no hay que entender esta afirmación de manera metafórica.
El urbanismo y la arquitectura nos han hablado siempre de poder y de política. Sus formas actuales, la multiplicación de las zonas de miseria, de los campamentos de chabolas, de los subproductos de la urbanización salvaje que aparecen bajo los brillantes almocárabes de las autopistas, de los lugares de consumo, de los rascacielos y de los barrios financieros, de las singularidades y de las imágenes nacidas de la transformación del mundo en espectáculo, muestran suficientemente la cínica franqueza de la historia humana. No hay duda: son nuestras sociedades lo que tenemos ante los ojos, sin máscaras, sin afeites. Y quien pretenda saber lo que nos reserva el porvenir no debería perder de vista los terrenos por edificar y los terrenos baldíos, los escombros y las obras de construcción.
Lo que nos cautiva en el espectáculo de las ruinas, incluso en aquellos casos en que la erudición pretende lograr que nos relaten la historia, o en aquellos en que el artificio de una escenificación de luz y sonido las transforma en espectáculo, es su aptitud para hacernos percibir el tiempo sin resumir la historia ni liquidarla con la ilusión del conocimiento o de la belleza, su aptitud para adoptar la forma de una obra de arte, de un recuerdo sin pasado. La historia venidera ya no producirá ruinas. No tiene tiempo para hacerlo. Sobre los escombros producidos por las confrontaciones que no dejará de suscitar, surgirán pese a todo obras de construcción, y con ellas, quién sabe, la oportunidad de edificar algo diferente, de recuperar el sentido del tiempo y, yendo un poco más lejos, tal vez, la conciencia de la historia.
Podemos imaginar un mundo con seis o siete mil millones de artistas, pero no con seis o siete mil millones de artistas que no se dedicasen a otra cosa más que a hablar de su inefable singularidad.
La sociedad y el arte tienen el mismo destino.
Los hombres necesitan poder pensar sus relaciones recíprocas. Todos necesitamos poder imaginar nuestra relación con los otros, con algunos otros al menos, y, para hacerlo, necesitamos inscribir esa relación en una perspectiva temporal. El sentido social (la relación) necesita el sentido político (de una idea del porvenir) para desarrollarse. Dicho de otro modo, lo simbólico (la idea de la relación) necesita la finalidad.
La belleza del arte depende de su dimensión histórica: es preciso que el arte pertenezca a su época, que sea histórico hoy para resultar hermoso mañana. La belleza del arte es enigmática porque siempre se nos escapará algo de la percepción primera de que fueron objeto las obras antiguas, y porque, a la inversa, no podemos percibir hoy en el arte contemporáneo la carencia que la habrá de horadar a la larga, en la andadura histórica, y que habrá de despertar la curiosidad irremediablemente insatisfecha de nuestros sucesores en el tiempo.
Las ruinas son la culminación del arte en la medida en que los múltiples pasados a los que se refieren de forma incompleta aumentan su enigma y exacerban su belleza. La originalidad de nuestro mundo planetario pasa por un desplazamiento de este enigma, un desplazamiento que algunos artistas contemporáneos han percibido.
La belleza de los no lugares (de los aeropuertos, de las autopistas, de los supermercados, etcétera) no se debe a sus cualidades estéticas intrínsecas, sino al cambio de escala que se expresa en ellos. Los espacios de lo codificado hablan de la ausencia de lo simbólico. En ellos nos sentimos solos, perdidos, y en algún caso liberados o exaltados (libertad provisional, exaltación pasajera). Aunque también puede suceder que reconozcamos su imagen y volvamos a encontrar en ellos los signos del consumo cotidiano: resultan excesivamente familiares, se encuentran en cierto sentido demasiado llenos, mientras que en otro sentido se hallan demasiado vacíos. La conciencia de la carencia se ha desplazado: alude menos a un sentido perdido que a un sentido que es preciso recuperar.
Es en este punto donde confluyen la preocupación por lo social y el desvelo por la belleza.
Necesitamos una utopía de la educación y de la ciencia que nos permita pensar que el porvenir del conocimiento es el porvenir de toda la humanidad, y no el de una minoría rica, ilustrada y dominante.
El espacio de esta utopía lo poseemos ya: es el planeta. Y sus construcciones más significativas (las singularidades y los no lugares) son el espacio virtual de esta utopía: lo que les falta, hoy, es que logre apropiárselos una humanidad sin fronteras.
Los no lugares poseen la belleza de lo que habría podido ser. De lo que aún no es. De lo que, un día, tal vez, tenga lugar.
[1] En español en el original. (N. del T.)
El tiempo en ruinas
Traducción: Tomas Fernández Aúz y Beatriz Eguibar
Barcelona, Gedisa, 2003
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December 20 2009
Titus Burckhardt (1908-1984) – Naturaleza de la perspectiva cosmológica
Artículo publicado originalmente en Études Traditionnelles, julio-agosto de 1948, y posteriormente incluido en Aperçus sur la connaissance sacrée, Milano, Archè, 1987. La traducción castellana es de Agustín López, y fue publicada en el nº 1 de la revista Axis Mundi (I época), en otoño de 1994.
Las siete "artes liberales" de la Edad Media tienen por objeto disciplinas que los modernos no dudarían en calificar de "ciencias"; tales son, por ejemplo, las matemáticas, la astronomía, la dialéctica o la geometría. Esta identificación de ciencia y arte, conforme a la estructura contemplativa del Trivium y el Quadrivium, se deriva de la naturaleza fundamental de la perspectiva cosmológica.
Por regla general, los historiadores modernos no ven en la cosmología tradicional -ya se trate de las doctrinas cosmológicas de las civilizaciones antiguas y orientales o de la del Occidente medieval- más que ensayos infantiles y titubeantes de explicar la causalidad de los fenómenos. Sucumben así a un error de óptica análogo al de los espectadores que, imbuidos de un prejuicio "naturalista", juzgan las obras de arte medievales según sus criterios de observación "exacta" de la naturaleza y de "habilidad" artística. La incomprensión moderna respecto al arte sagrado y la cosmología contemplativa proceden de los mismos errores. Y ello no queda en modo alguno desmentido por el hecho de que ciertos estudiosos (a menudo los mismos que adoptan ante la cosmología medieval u oriental una actitud compasiva mezclada de ironía) rindan homenaje a tales formas artísticas o reconozcan al artista el derecho a "exagerar" ciertos rasgos de sus modelos naturales y a suprimir otros para sugerir realidades de orden interior; lo que esa "tolerancia" demuestra es que para los modernos el simbolismo artístico no tiene más que un alcance estrictamente individual, psicológico o incluso simplemente afectivo. Estos eruditos ignoran evidentemente que la elección artística de las formas, cuando surge de principios inspirados o regularmente transmitidos, puede hacer asentir a posibilidades permanentes e inagotables del Espíritu, puesto que el arte tradicional implica una "lógica" en el sentido universal del término (1). La mentalidad moderna está cegada por su apego a los aspectos sentimentales de las formas de arte y, con frecuencia, reacciona en función de una herencia psicológica muy particular; parte, además, del prejuicio de que la intuición artística y la ciencia constituyen dos dominios radicalmente distintos. Si fuera de otro modo, se debería, en justicia, conceder a la cosmología lo que parece concederse al arte, a saber, el derecho a expresarse por alusión y a utilizar formas sensibles como parábolas.
Pero para el hombre moderno toda ciencia se hace sospechosa desde el momento en que abandona el plano de los hechos psicológicos comprobables, y deja de ser verosímil desde que se desliga de una forma de razonamiento que está basada en la idea de una especie de supuesta continuidad plástica de la mente: como si todo el cosmos debiera estar configurado según lo que la facultad imaginativa tiene de "material" y cuantitativo. Sin embargo, esta actitud representa mucho más una limitación mental, fruto de una actividad extremadamente unilateral y artificial, que una posición filosófica, pues toda ciencia, por relativa o provisional que sea, presupone una correspondencia necesaria entre el orden espontáneamente inherente al espíritu cognoscente, por una parte, y la composibilidad de las cosas, por otra, sin lo cual no habría ninguna forma de verdad (2). Ahora bien, puesto que la analogía constitutiva del macrocosmo no puede ser negada, y puesto que esa analogía afirma desde ambas partes la unidad principal, unidad que es como un eje en relación al cual todo se ordena, no se ve por qué el conocimiento de la "naturaleza", en el sentido más vasto del término, no debería abandonar las muletas de una experiencia más o menos cuantitativa, y por qué toda visión intelectual "a vista de pájaro" sería de entrada una hipótesis gratuita. Pero los eruditos modernos tienen una verdadera aversión contra todo lo que transcienda esa condición de lo "pegado a la tierra" propia de la "ciencia exacta"; a sus ojos, poner de relieve el atractivo "poético" de una doctrina es desacreditarla como ciencia. Esta torpe y pesada desconfianza "científica" hacia la grandeza y la belleza de una concepción revela una incomprensión total de la naturaleza del arte primordial y de la naturaleza misma de las cosas.
La cosmología tradicional implica siempre un aspecto de "arte" en el sentido primordial del término: cuando la ciencia sobrepasa el horizonte del mundo corporal, o cuando simplemente se considera lo que en este mundo se manifiesta de las cualidades transcendentes, se hace imposible "registrar" el objeto del conocimiento como se registran los contornos y los detalles de un fenómeno sensible; no queremos decir que la intelección de las realidades superiores al mundo corporal sea imperfecta; no hablamos más que de su "fijación" mental y verbal; todo lo que puede transmitirse de estas visiones de la realidad tiene el carácter de claves especulativas que ayudarán a reencontrar la "visión" sintética que se busca. Ahora bien, la justa aplicación de estas "claves" a la multiplicidad irisada de las facetas del Cosmos dependerá de lo que se puede llamar un arte, puesto que esa aplicación supone una cierta realización espiritual o al menos el dominio de ciertas "dimensiones conceptuales" (3).
En cuanto a la ciencia moderna, no sólo se limita, en el estudio de la naturaleza, a uno de sus planos de existencia -lo que origina la dispersión "horizontal" contraria al espíritu contemplativo-, sino que desmenuza, además, tanto como puede, los contenidos de la naturaleza, como tratando de agarrar con más fuerza la "materialidad autónoma" de las cosas; y esta parcialización a la vez teórica y tecnológica de la realidad se opone radicalmente a la naturaleza del arte; pues el arte no es nada sin plenitud en la unidad, sin ritmo y proporción.
Dicho de otro modo, la ciencia moderna es fea, de una fealdad que acaba por acaparar la noción misma de "realidad" (4)y por arrogarse el prestigio del juicio "objetivo" sobre las cosas (5); de ahí la ironía de los modernos hacia todo lo que, en las ciencias tradicionales, irradia una sensación de ingenua belleza. Por el contrario, esa fealdad de la ciencia moderna le quita todo valor desde el punto de vista de las ciencias contemplativas e inspiradas, pues el objeto central de estas ciencias es la Unicidad de todo lo que existe, unicidad que la ciencia no podría propiamente negar -puesto que todo lo afirma implícitamente- pero que puede, sin embargo, merced a su método diseccionante, impedirnos "saborear".
Notas:
1. Véase Frithjof Schuon: "La question des formes d'art", en De l'Unité transcendante des religions, París, du Seuil, 1979. ["La cuestión de las formas de arte", en De la unidad transcendente de las religiones, Madrid, Heliodoro, 1980].
2. Cf. René Guénon: "Le Nyâya", en Introduction générale à l'Étude des Doctrines Hindoues, París, Vega, 1976 ["El Nyâya", en Introducción general al estudio de las doctrinas hindúes, Buenos Aires, Losada, 1945], donde dice "...si la idea, en la medida en que es verdadera y adecuada, participa de la naturaleza de la cosa, inversamente, la propia cosa participa también de la naturaleza de la idea".
3. Un ejemplo de tal "clave" especulativa es el esquema de un horóscopo, que representa simbólicamente todas las relaciones entre un microcosmo humano y el macrocosmo. La interpretación del horóscopo llevará consigo aplicaciones innumerables que no pueden ser intuidas con certeza más que en virtud de la "forma" única del ser, forma que el horóscopo vela y revela a la vez.
4. De ahí el empleo en la estética moderna del término "realismo".
5. Para la gran mayoría de los europeos, el signo y el patrimonio de la ciencia son los aparatos complicados, el papeleo, la actitud del cirujano.
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December 18 2009
Slavoj Žižek - Un Buda, un hamster y los fetiches de la ideología
Hoy una especie de sabiduría agnóstica, oriental, de la nueva era, o usualmente alguna clase de falso Taoísmo o Budismo se está convirtiendo en la forma predominante de ideología. ¿Cómo funciona este Budismo? ¿Por qué es la ideología ideal para el capitalismo tardío?
El mensaje fundamental [de esta nueva corriente] es “no persigas el éxito material, no participes en el juego social por entero, hazlo con distancia.” Ustedes saben cómo son usualmente los posters de propaganda de los cursos budistas. Hay un primer párrafo anticapitalista: “No te dejes atrapar en esta lucha por lo material, retírate a la paz, etc., etc.”. Pero el segundo párrafo siempre es “de esta manera vas a ser aún más exitoso en los negocios”.
La visión es que el funcionamiento de nuestra vida capitalista de todos los días es tan frenética, tan alocada, que para sobrevivir necesitas tomarlo como si fuera un juego, no un compromiso real, porque si estás demasiado comprometido te vuelves loco. Creo que el funcionamiento de la ideología es, en este punto, fetichista. ¿Qué significa el fetichismo en este contexto? Los fetichistas no son idiotas, son realistas. Un fetichista es alguien que, aferrándose a su fetiche, puede soportar la realidad tal como es.
Déjenme contarles una historia, que es real, le sucedió a un amigo mío recientemente, cómo hizo para sobrevivir a la muerte de su esposa. Fue la trágica historia frecuente, él estaba felizmente casado, la esposa fue al doctor, de pronto le dijeron “tienes cáncer de mama” y murió en tres meses. Pero la gran sorpresa para sus amigos fue descubrir cómo después de la muerte de su esposa, este tipo podía hablar bastante fría, normalmente, aún de los más dolorosos momentos de la muerte de su esposa. No teníamos que simular, que evitar el tema traumático, era absolutamente normal, él podía hablar sobre todo. Entonces nos preguntamos, “¿Pero este tipo es un monstruo o qué? ¿Cómo puede tratar tan fríamente la muerte de su esposa?”.
Pronto descubrimos el secreto. Es tan simple y ridículo que sólo porque es verdad puedo contarlo seriamente y creerlo. Nos dimos cuenta que siempre que hablaba de su mujer, de los momentos más dolorosos de su muerte, él jugaba en su regazo, con sus manos, con un pequeño hámster, la mascota de su mujer; y que este hámster era su fetiche. Funcionaba como una especie de negación simbólica de lo que estaba diciendo. Él era capaz de admitir racionalmente la muerte de su esposa, pero con el hámster bloqueaba la verdad contenida en su aceptación de esta muerte. Ustedes se preguntarán si esto es una especie de análisis salvaje muy primitivo, y cómo podemos saber que realmente esto era así. Desafortunadamente tengo la prueba, como saben, los hámsters viven por muy poco tiempo: medio año después de la muerte del hámster, el tipo se quebró y debió ser hospitalizado por un intento de suicidio.
Así es como creo que sobrevivimos hoy a la realidad capitalista, podemos ser muy realistas, actuar con crueldad, no tener ilusiones sobre la vida social, pero cuando encontramos a alguien que dice “No tengo ninguna ilusión, puedo aceptar la vida tal como es, cruel, sin ideales”, háganle una simple pregunta: ¿Dónde está tu hámster?
Mi idea es que este budismo occidental es un hámster gordo y grande. Puedes participar completamente en el salvaje juego capitalista mientras tu entrenamiento y tu meditación y demás te dan la ilusión de que esa no es la vida real, sólo estas jugando el juego social, en realidad estás en cualquier otro lado.
Creo que ni siquiera podemos decir que esto es sólo una falsificación occidental, que la verdadera sabiduría oriental es algo totalmente diferente. Recientemente leí un libro maravilloso de un autor llamado Brian Victoria, Zen y guerra, que demuestra que en los 30s y 40s, con la excepción de algunos disidentes, las autoridades budistas zen japonesas apoyaron completamente al militarismo imperial japonés [...] Pero lo interesante es cómo los budistas justificaron al militarismo. Un nivel fue la justificación teleológica usual, que también conocemos en occidente, “a veces tienes que hacer un mal menor por el mayor bien, no deberíamos matar, pero matemos un poquito para prevenir una gran matanza”. Pero la legitimación clave fue mucho más interesante y siniestra: la idea era que la obediencia militar absoluta e incondicional, la ejecución inmediata de órdenes, era la vía directa de la mayoría de la gente para conseguir la iluminación espiritual. Porque la idea era que el oro del esclarecimiento budista, la superación del falso “sí mismo” (self), se logra a través de la disciplina militar perfecta, donde uno se convierte en una máquina, sólo ejecuta órdenes, te sobrepones a ti mismo.
Déjenme evitar un malentendido, no estoy diciendo que esto significa que el budismo zen es una falsedad, un falsedad militar secreta. Afirmo que lo mismo puede decirse de los grandes místicos de Europa occidental. Si miran de cerca a muchas de las grandes figuras místicas descubrirán que también eran políticamente activas y extremadamente crueles. Mi conclusión es simplemente que aún el esclarecimiento místico y espiritual más auténtico es éticamente neutral.
No hay nada que nos prevenga de cometer los peores crímenes. Déjenme contarles un extraño hecho que pienso que es aquí profundamente indicativo. ¿Saben cuál era el libro favorito de Himmler, el jefe de la SS de Hitler? Era un libro encuadernado en un cuero especial que llevaba todo el tiempo en su bolsillo: el Bhagavad-Gítá. La idea es que así es como un soldado nazi debe cometer sus asesinatos, con una distancia interior, sin participar en ello.
Ahora, para concluir realmente, pienso que por lo que debemos esforzarnos no es en las hipocresías religiosas, no las religiones si no su utilización hipócrita. Necesitamos una lógica diferente de compromiso colectivo, de compromiso ético. ¿Dónde encontramos esto? ¿Cuál es la solución? Me encantaría desarrollarlo, pero me piden que termine. Muchas gracias.
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November 26 2009
Friedrich Nietzsche - Máscaras
Todo lo que es profundo gusta de enmascararse, y las cosas más profundas odian hasta la imagen y la semejanza. ¿No sería tal vez el contraste la verdadera forma de vestido que preferiría el pudor de un Dios? He aquí una pregunta bien importante, y sería curioso que ningún mítico hubiera hecho tal tentativa. Hay procedimientos tan delicados, que se obra muy sabiamente escondiéndolos bajo una máscara de brutalidad para hacerlos incognoscibles; hay acciones inspiradas de tanto amor y de tan exuberante generosidad, que sería necesario hartar de palos a quien hubiere sido testigo ocular de las mismas; con esto se enturbiaría su memoria. Y aun algunos conocen el arte de enturbiarse a sí mismos la memoria y de maltratarla, para vengarse de este único cómplice de sus acciones. Es muy ingenioso el pudor. Y no son las cosas peores aquellas de que se tiene más vergüenza; detrás de una máscara no hay sólo perfidia, también puede haber bondad astuta. Yo me imaginaría a un hombre pudoroso como un tesoro precioso y frágil que atravesara por el mundo encerrado en una gran cuba de vino; así lo exige la delicadeza del pudor. Un individuo, cuyo pudor es profundo, halla sus destinos y sus más importantes resoluciones en caminos inaccesibles para los demás, y cuya existencia ignoran hasta sus amigos más íntimos; les oculta sus peligros mortales y también la reconquistada seguridad de vida. Semejante ser misterioso, que instintivamente se sirve de la palabra para callar y para disimular, y que es inagotable en medios de sustraerse a las respuestas, quiere y procura que en lugar de su persona se imprima su máscara en la mente y en el corazón de sus amigos; y aun suponiendo que no quiera, algún día verá que su máscara existe y que es bien que exista. Toda mente profunda necesita de una máscara; en torno de una mente profunda se va formando sin cesar una máscara, gracias a la interpretación constantemente falsa y superficial de todas sus palabras, de todos sus pasos, de toda señal de vida que de él emane.
Más allá del bien y del mal, cap.II, aforismo 40
Traducción: Pedros González Blanco
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November 25 2009
Arthur Schopenhauer - La música
La música constituye un capítulo aparte respecto de todas las demás artes. En ella no reconocemos la copia, cierta reproducción de una idea de la esencia del mundo; sin embargo, es un arte tan sumamente grande y magnífico e incide tan poderosamente sobre lo más íntimo del hombre, donde éste la comprende tan íntima y hondamente como un lenguaje enteramente universal, cuya claridad supera incluso la del propio mundo intuitivo, que a buen seguro hemos de buscar en ella algo más que aquel “oculto ejercicio de aritmética en donde el ánimo no sabe que numera” del cual nos habla Leibniz 1 acertadamente, en tanto que él sólo considera su signifi cación inmediata y externa, su envoltura. Si la música no fuera más que eso, la satisfacción que procura sería similar a la que sentimos al solucionar correctamente un problema de cálculo y no podría suponer ese goce interno que nos produce al convertir en lenguaje la más profunda intimidad de nuestra esencia. Desde nuestro punto de vista, donde atendemos al efecto estético, hemos de reconocerle una significación mucho más profunda e importante que se refiere a la esencia más íntima del mundo y de nuestro propio yo, de suerte que las relaciones numéricas a las cuales cabe reducirla no se comportan como lo designado, sino como signos. Que en cierto sentido la música ha de comportarse con respecto al mundo como la representación para con lo representado, como la copia para con el modelo, podemos concluirlo de la analogía con las restantes artes, a todas las cuales les es propio este carácter, cuyo efecto sobre nosotros es semejante al suyo en conjunto, sólo que aquí es más fuerte, rápido, necesario e infalible. Esa relación suya como copia del mundo ha de ser íntima, infinitamente verdadera y certeramente precisa, puesto que es comprendida al instante por cualquiera y se da a conocer mediante una cierta infalibilidad que determina por entero su forma, al expresarse en números y retrotraerse a reglas de las cuales no puede apartarse sin dejar de ser música. Sin embargo, el punto de comparación entre la música y el mundo, el sentido en que aquélla guarda con éste una relación de imitación o reproducción, se halla muy profundamente oculto. La música se ha ejercitado en todas las épocas sin rendir cuentas de tal relación, contentándose con comprenderla inmediatamente y desistiendo de forjar un concepto abstracto relativo a esta intelección inmediata.
[…]
Las ideas (platónicas) son la adecuada objetivación de la voluntad; suscitar el conocimiento de éstas (lo que sólo es posible bajo una modificación en el sujeto cognoscente) mediante la representación de una cosa singular (pues en eso consiste siempre la propia obra de arte) es el fi n de todas las artes. Así pues, todas ellas objetivan la voluntad sólo indirectamente, a saber, por medio de las ideas; y como nuestro mundo no es más que la manifestación de las ideas en la pluralidad por medio del ingreso en el principio de individuación (la forma del conocimiento posible del individuo en cuanto tal), entonces la música, al pasar por encima de las ideas, es también enteramente independiente del mundo fenoménico al que ignora sin más y, en cierta medida, también podría subsistir aun cuando el mundo no existiera en absoluto, siendo esto algo que no cabe decir de las demás artes. La música es una objetivación y un trasunto tan inmediato de la íntegra voluntad como lo es el mundo mismo e incluso como lo son las ideas, cuya polifacética manifestación constituye el mundo de las cosas singulares. Por lo tanto, la música no es en modo alguno, como las otras artes, el trasunto de las ideas, sino el trasunto de la voluntad misma, cuya objetivación son también las ideas; por eso el efecto de la música es mucho más poderoso y penetrante que el de las otras artes, pues éstas sólo hablan de sombras, mientras que aquélla habla de la esencia. Ahora bien, como es la misma voluntad la que se objetiva tanto en las ideas como en la música, sólo que de un modo diferente en cada ámbito, aunque no se dé ninguna semejanza inmediata, sí ha de haber un paralelismo, una analogía entre la música y las ideas, cuya manifestación en la pluralidad e imperfección es el mundo visible.
[…]
Como la esencia del hombre consiste en que su voluntad anhela, se satisface y anhela de nuevo, y así continuamente, su dicha y bienestar se reducen a que ese tránsito del deseo a la satisfacción y de ésta hacia un nuevo deseo avance rápidamente, dado que un retraso en la satisfacción supone sufrimiento y un lánguido anhelo del nuevo deseo supone aburrimiento; en correspondencia con ello, la esencia de la melodía es un continuo apartarse del tono fundamental, extraviándose por mil caminos, no sólo hacia los niveles armónicos, hacia la tercera y la dominante, sino hacia cualquier tono, hacia la séptima disonante y las escalas extremas, pero siguiendo siempre un retorno final hacia el tono fundamental; por todos esos caminos la melodía expresa los polifacéticos anhelos de la voluntad, pero también la satisfacción mediante el hallazgo final de un intervalo armónico y el reencuentro con el tono fundamental. La invención de la melodía, el descubrimiento de los más profundos secretos del querer y el sentir humanos en ella, es la obra del genio, cuyo efecto se evidencia aquí como por doquier lejos de toda reflexión e intencionalidad consciente, y puede ser llamado una inspiración. El concepto es aquí infructuoso, como siempre lo es en el arte; el compositor revela la esencia íntima del mundo y expresa la más profunda sabiduría en un lenguaje que no comprende la razón, al igual que un sonámbulo hipnótico las explicaciones sobre cosas acerca de las cuales no tiene concepto alguno una vez despierto. Por eso en un compositor el hombre se disocia y se diferencia del artista más que en cualquier otro caso. El concepto muestra su menesterosidad y sus límites incluso en la explicación de este maravilloso arte, mas pese a ello quiero intentar llevar a cabo nuestra analogía. Tal como el rápido tránsito del deseo hacia la satisfacción y de ésta hacia un nuevo deseo supone dicha y bienestar, asimismo resultan alegres las melodías vivaces sin grandes extravíos; las melodías lentas plagadas de dolorosas disonancias y que sólo se remiten al tono fundamental mediante muchos compases resultan tristes, como análogas de la satisfacción ardua y retardada. El retraso de una nueva agitación de la voluntad, la languidez, no puede tener otra expresión que el tono fundamental sostenido, cuyo efecto se hace insoportable en seguida; a éste se aproximan las melodías muy monótonas e insípidas. Las composiciones cortas y asequibles de la música de baile parecen hablarnos de una dicha ordinaria; en cambio, el allegro maestoso de grandes composiciones, con períodos largos y amplias digresiones, designan un anhelo más noble, tendente a un objetivo lejano y a su logro fi nal. El adagio habla del padecimiento de un gran y noble anhelo que desdeña toda dicha nimia. ¡Mas cuán maravilloso es el efecto del la menor y el do mayor! Cuán asombroso resulta que el cambio de un semitono puesto en tercera menor en vez de mayor nos infunda tan súbita como inevitablemente un medroso sentimiento de pena, del que nos libera instantáneamente el do mayor. El adagio en la menor consigue expresar un dolor supremo, al volverse un lamento estremecedor. La música de baile en tono menor parece designar la pérdida de una dicha nimia que uno debería desdeñar, parece hablarnos de la consecución de una meta ínfima entre tormentos y penalidades sin cuento. La inagotabilidad de melodías posibles responde a la inagotabilidad de la naturaleza en la variedad de individuos, fi sionomías y cursos vitales. El tránsito de una tonalidad a otra suprimiendo cualquier hilazón con la precedente se asemeja a la muerte en cuanto fi n del individuo, mas la voluntad que se manifi esta en éste vive tanto antes como después, manifestándose en otros individuos cuya consciencia no tiene ninguna conexión con la del primero.
Pero al constatar todas estas analogías jamás cabe olvidar que la música no tiene una relación directa con ella, sino tan sólo una mediación mediata; pues la música nunca expresa el fenómeno, sino únicamente la esencia íntima, el “en-sí” de todo fenómeno, la voluntad misma. Por ello no expresa esta o aquella alegría singular y concreta, esta o aquella aflicción, o dolor, o espanto, o júbilo, o regocijo, o serenidad, sino la alegría, la aflicción, el dolor, el espanto, el júbilo, el regocijo, la serenidad mismos en abstracto, lo esencial de tales sentimientos sin accesorios, sin los motivos que inducen a ellos. Pese a lo cual los comprendemos perfectamente en esta nuda quintaesencia. A ello se debe que nuestra fantasía se vea tan fácilmente suscitada por la música y trate de dar forma a ese mundo sobrenatural e invisible, pero sin embargo tan vivo que nos interpela directamente, para revestirlo con carne y hueso, materializándolo en un ejemplo análogo. Tal es el origen del canto con palabras y finalmente de la ópera, cuyo texto justamente por eso nunca debería abandonar este lugar subordinado para convertirse en lo principal y hacer de la música un mero medio de su expresión, lo cual es un enorme desacierto y un grave absurdo. Pues la música sólo expresa siempre la quintaesencia de la vida y de sus procesos, nunca estos mismos, cuyas diferencia jamás desembocan en ella. Esta universalidad tan propia y exclusivamente suya, junto a una exacta precisión, es justamente lo que le confi ere el alto valor que tiene como panacea de todo nuestro padecer. Por lo tanto, cuando la música intenta ceñirse a las palabras y amoldarse a los acontecimientos, se esfuerza en hablar un lenguaje que no es el suyo. Nadie se ha guardado tanto de este error como Rossini; de ahí que la música de éste hable tan clara y puramente su propio lenguaje, hasta el punto de que no precisa de las palabras y por eso también surte todo su efecto al ser interpretada con simples instrumentos orquestales.
* Arthur Schopenhauer, El mundo como voluntad y representación, España, FCE/Círculo De Lectores, Tomo I, 2005.
1 Cfr., Leibniz, Epístolas a diversos teólogos, juristas, médicos, fi lósofos, matemáticos, historiadores y filólogos, recopiladas por [Christian] Kortholtus [Leipzig, 1734; vol. i], carta 154.
Fuente: La Gaceta 444, FCE, diciembre 2007
Cortesía: Gabriel Pulecio Mariño en Factor Serpiente
November 23 2009
November 06 2009
Georges Bataille – El lenguaje de las flores
Es vano considerar en el aspecto de las cosas únicamente los signos inteligibles que permiten distinguir elementos diversos. Lo que afecta a los ojos humanos no determina solamente el conocimiento de las relaciones entre los diferentes objetos, sino también cierto estado mental decisivo e inexplicable. De modo que la visión de una flor denota, es verdad, la presencia de esa parte definida de una planta; pero es imposible detenerse en ese resultado superficial: en efecto, la visión de la flor provoca en la mente reacciones de consecuencias mucho mayores debido a que expresa una oscura decisión de la naturaleza vegetal. Lo que revelan la configuración y el color de la corola, lo que descubren las máculas del polen o la lozanía del pistilo, sin duda no puede ser expresado adecuadamente por medio del lenguaje; sin embargo, es inútil desatender, como generalmente se hace, esa inexpresable presencia real y rechazar como un absurdo pueril ciertas tentativas de interpretación simbólica.
Que la mayoría de las yuxtaposiciones del lenguaje de las flores tienen un carácter fortuito y superficial es algo que se podría prever aun antes de consultar la lista tradicional.
Si el diente de león significa expansión, el narciso egoísmo o el ajenjo amargura, vemos la razón con demasiada facilidad. Obviamente no se trata de una adivinación del sentido secreto de las flores, y de inmediato discernimos la propiedad bien conocida o la leyenda que se debió utilizar. Por otro lado, en vano buscaríamos aproximaciones que manifiesten de una manera contundente la inteligencia oscura de las cosas que estamos considerando. Poco importa, en suma, que la aguileña sea el emblema de la tristeza, el dragón de los deseos, el nenúfar de la indiferencia... Parece oportuno reconocer que esas aproximaciones pueden ser renovadas a voluntad, y basta con reservar una importancia primordial a interpretaciones mucho más simples: como las que vinculan la rosa y el euforbio con el amor. Sin duda, no es que esas dos flores exclusivamente puedan designar el amor humano: aun si hay una correspondencia más exacta (como cuando se le hace decir al euforbio esta frase: "Usted ha despertado mi corazón", tan conmovedora, expresada por una flor tan equívoca), es a la flor en general, antes que a tal o cual de las flores, a la que se ha intentado atribuir el raro privilegio de declarar la presencia del amor.
Pero tal interpretación corre el riesgo de parecer poco sorprendente: en efecto, el amor puede ser considerado desde el principio como la función natural de la flor. De modo que la simbolización se debería también en este caso a una propiedad precisa, no al aspecto que afecta oscuramente la sensibilidad humana. No tendría entonces sino un valor puramente subjetivo. Los hombres habrían relacionado la eclosión de las flores y sus sentimientos debido a que en ambos casos se trata de fenómenos que preceden a la fecundación. El papel otorgado a los símbolos en las interpretaciones psicoanalíticas co-rroboraría además una explicación de ese orden. En efecto, casi siempre es una relación accidental lo que da cuenta del origen de las sustituciones en los sueños. Es bastante conocido, entre otros, el sentido dado a los objetos según sean puntiagudos o huecos.
Nos libraríamos así fácilmente de una opinión según la cual las formas exteriores, ya sean seductoras u horribles, revelarían en todos los fenómenos algunas decisiones capitales que las decisiones humanas se limitarían a amplificar. De modo que se debería renunciar inmediatamente a la posibilidad de sustituir la palabra por el aspecto como elemento del análisis filosófico. Pero sería sencillo mostrar que la palabra sólo permite considerar en las cosas los caracteres que determinan una situación relativa, es decir, las propiedades que permiten una acción exterior. No obstante, el aspecto introduciría los valores decisivos de las cosas...
En lo que concierne a las flores, se advierte en primer término que su sentido simbólico no deriva necesariamente de su función. Es evidente, en efecto, que si se expresa el amor por medio de una flor, será la corola, antes que los órganos útiles, la que se vuelva signo del deseo.
Pero también puede oponerse una objeción capciosa a la interpretación a partir del valor objetivo del aspecto. En efecto, la sustitución de elementos esenciales por elementos yuxtapuestos concuerda con todo lo que sabemos espontáneamente sobre los sentimientos que nos animan, ya que el objeto del amor humano nunca es el órgano, sino la persona que le sirve de soporte. Así sería fácilmente explicable la atribución de la corola al amor: si el signo del amor es desplazado del pistilo y de los estambres a los pétalos que los rodean, es porque la mente humana está habituada a realizar ese desplazamiento cuando se trata de personas. Pero aunque haya un paralelismo indiscutible entre ambas sustituciones, habría que imputarle a alguna Providencia pueril una preocupación singular por responder a las manías de los hombres: cómo explicar en efecto que esos elementos de ostentación que automáticamente sustituyen en la flor a los órganos esenciales se hayan desarrollado precisamente de una manera brillante. Evidentemente sería más simple reconocer las virtudes afrodisíacas de las flores, cuyo aroma y cuya contemplación despiertan desde hace siglos los sentimientos amorosos de las mujeres y los hombres. En la primavera algo se propaga en la naturaleza de una manera rebosante, de la misma manera que los estallidos de risa aumentan progresivamente, cada uno provocando o haciéndose eco del otro. Muchas cosas pueden transformarse en las sociedades humanas, pero nada prevalecerá contra una verdad tan natural: que una hermosa muchacha o una rosa roja significan el amor.
Una reacción totalmente inexplicable, totalmente inmutable, atribuye a la muchacha y a la rosa un valor muy diferente: el de la belleza ideal. Existe en efecto una multitud de flores bellas, incluso la belleza de las flores es menos rara que la de las muchachas y es característica de ese órgano de la planta. Sin duda, es imposible dar cuenta por medio de una fórmula abstracta de los elementos que pueden darle esa cualidad a la flor. Sin embargo, no deja de ser interesante observar que cuando se dice que las flores son bellas es porque parecen conformes a lo que debe ser, es decir, porque representan, porque son el ideal humano.
Al menos a primera vista y en general: en efecto, la mayoría de las flores sólo tienen un desarrollo mediocre y apenas se distinguen del follaje, algunas incluso son desagradables cuando no repulsivas. Por otra parte, las flores más bellas se deslucen en el centro por la mácula velluda de los órganos sexuados. De modo que el interior de una rosa no se corresponde para nada con su belleza exterior, y si uno arranca hasta el último de los pétalos de la corola, no queda más que una mata de aspecto sórdido. Es cierto que otras flores presentan estambres muy desarrollados, de innegable elegancia, pero si una vez más apeláramos al sentido común, notaríamos que esa elegancia es demoníaca: como ciertas orquídeas carnosas, plantas tan ambiguas que se ha intentado atribuirles las más turbias perversiones humanas. Pero aun más que por la suciedad de los órganos, la flor es traicionada por la fragilidad de su corola: de modo que lejos de responder a las exigencias de las ideas humanas, es el signo de su fracaso. En efecto, tras un período de esplendor muy corto, la maravillosa corola se pudre impúdicamente al sol, convirtiéndose así para la planta en una escandalosa deshonra. Extraída de la pestilencia del estiércol, aunque haya parecido escapar de allí en un impulso de pureza angelical y lírica, la flor parece bruscamente retornar a su basura primitiva: la más ideal es rápidamente reducida a un andrajo de inmundicia aérea. Porque las flores no envejecen honestamente como las hojas, que no pierden nada de su belleza aun después de que han muerto: se marchitan como viejas remilgadas y demasiado maquilladas y revientan ridículamente sobre los tallos que parecían llevarlas a las nubes.
Es imposible exagerar las oposiciones tragicómicas que se destacan a lo largo de ese drama de la muerte indefinidamente representado entre tierra y cielo, y es evidente que sólo podemos parafrasear ese duelo irrisorio introduciendo, no tanto como una frase sino más exactamente como una mancha de tinta, esta empalagosa banalidad: que el amor tiene el aroma de la muerte. En efecto, pareciera que el deseo no tiene nada que ver con la belleza ideal, o más exactamente que se ejerce únicamente para ensuciar y ajar esa belleza que para tantas mentes sombrías y ordenadas no es más que un límite, un imperativo categórico. Concebiríamos así la flor más admirable, sin seguir el palabrerío de los viejos poetas, no como la expresión más o menos insulsa de un ideal angélico, sino todo lo contrario, como un sacrilegio inmundo y resplandeciente.
Hay que insistir en la excepción que al respecto representa la flor en la planta. Efectivamente, en su conjunto, la parte exterior de la planta -si seguimos aplicando el método de interpretación que introdujimos aquí- reviste una significación sin ambigüedad. El aspecto de los tallos cubiertos de hojas suscita generalmente una impresión de potencia y de dignidad. Sin duda, las locas contorsiones de los zarcillos, los singulares desgarramientos del follaje, atestiguan que no todo es uniformemente correcto en la impecable erección de los vegetales. Pero nada contribuye más fuertemente a la paz del corazón, a la elevación espiritual y a las grandes nociones de justicia y de rectitud que el espectáculo de los campos y de los bosques, y las partes ínfimas de la planta, que manifiestan a veces un verdadero orden arquitectónico, contribuyen a la impresión general. Pareciera que ninguna fisura, podríamos decir estúpidamente que ningún gallo, perturba de manera notable la armonía decisiva de la naturaleza vegetal. Las mismas flores, perdidas en ese inmenso movimiento del suelo hacia el cielo, quedan reducidas a un papel episódico, a una diversión además aparentemente incomprendida: no pueden más que contribuir, rompiendo la monotonía, a la seducción ineluctable producida por el impulso general de abajo hacia arriba. Y para destruir la impresión favorable, haría falta nada menos que la visión fantástica e imposible de las raíces que hormiguean bajo la superficie , repugnantes y desnudas como lombrices.
En efecto, las raíces representan la contrapartida perfecta de las partes visibles de la planta. Mientras que éstas se elevan noblemente, aquéllas, innobles y viscosas, se revuelcan en el interior del suelo, enamoradas de la podredumbre como las hojas de la luz. Hay que señalar además que el valor moral indiscutido del término bajo es solidario con esta interpretación sistemática del sentido de las raíces: lo que está mal es necesariamente representado en el orden de los movimientos por un movimiento de arriba hacia abajo. Es un hecho imposible de explicar si no se atribuye una significación moral a los fenómenos naturales, de los cuales se ha tomado dicho valor precisamente en razón del carácter evidente del aspecto, signo de los movimientos decisivos de la naturaleza.
Por otra parte, parece imposible eliminar una oposición tan flagrante como la que diferencia el tallo de la raíz. Una leyenda en particular comprueba el interés mórbido que siempre existió, más o menos acentuado, hacia las partes que se hundían en la tierra. Sin duda, la obscenidad de la mandrágora es fortuita, como lo son la mayoría de las interpretaciones simbólicas particulares, pero no es casual que una acentuación de ese orden que tiene como consecuencia una leyenda de carácter satánico se refiera a una forma evidentemente innoble. Por otro lado, son conocidos los valores simbólicos de la zanahoria y del nabo.
Era más difícil mostrar que la misma oposición aparecía en un punto aislado de la planta, en la flor, donde adquiere una significación dramática excepcional.
No puede presentarse duda alguna: la sustitución por formas naturales de las abstracciones generalmente empleadas por los filósofos parecerá no solamente extraña, sino absurda. Probablemente importe bastante poco que los mismos filósofos a menudo hayan debido recurrir, si bien con repugnancia, a términos que toman su valor de la producción de esas formas en la naturaleza, como cuando hablan de bajeza. Ninguna obcecación estorba cuando se trata de defender las prerrogativas de la abstracción. Esa sustitución correría además el riesgo de llevar muchas cosas demasiado lejos: en primer lugar, de allí resultaría una sensación de libertad, de libre disponibilidad de uno mismo en todos los sentidos, absolutamente insoportable para la mayoría; y un escarnio perturbador de todo aquello que, gracias a miserables elusiones, aún es elevado, noble, sagrado... Todas esas cosas bellas, ¿no correrían el riesgo de verse reducidas a una extraña puesta en escena destinada a consumar los sacrilegios más impuros? Y el gesto inquietante del marqués de Sade encerrado con los locos, que se hacía llevar las más bellas rosas para deshojar sus pétalos sobre el estiércol de una letrina, ¿no cobraría en tales condiciones un alcance abrumador?
Extraído de Bataille, Georges (2003): La conjuración sagrada: ensayos 1929-1939, Buenos Aires, Adriana Hidalgo.
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