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January 29 2012

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Richard Avedon, NYC, 1992, por Abe Frajndlich.

Vía

Martin Amis - La muerte de Denton





De pronto Denton supo que los hombres serían tres, que vendrían después del anochecer, que el jefe tendría su propia llave, y que actuarían en forma tranquila y deliberada, con la certeza de que tendrían tiempo suficiente para hacer lo que tenían que hacer. Sabía que serían corteses, considerados, urbanos, cualquiera fuese el estado en que él se encontrara cuando llegaran, y que le permitirían ponerse cómodo, incluso fumar un último cigarrillo. Nunca tuvo dudas de que le caerían muy bien y que los admiraría a los tres, y que desearía haber sido amigo de ellos. Sabía que usaban una máquina. Como si se lo revelara una percepción especial, Denton pensaba con frecuencia e insistentemente en el momento en que el jefe consentiría en tomarle la mano cuando la máquina empezara a funcionar. Sabía que ya estaban allí, viendo gente, haciendo llamadas telefónicas; y sabía que debían ser muy costosos.

Al principio se interesaba mucho en adivinar quién habría contratado a los tres hombres y su máquina, y eso lo hacía sentirse importante. ¿Quién se habría tomado el trabajo de hacer esto por él? Tal vez su hermano, ese hombre grandote y exhausto que Denton nunca había querido ni odiado, a quien nunca había sentido cerca ni en modo alguno amenazante. Últimamente se habían peleado por la repartija de los bienes que dejara su madre, y en realidad Denton se las había arreglado para asegurarse algunos extras sin valor a expensas de él, pero ésa era una razón de más por la que su hermano no podría afrontar el gasto. En la oficina había un hombre a quien Denton probablemente le había arruinado la vida: primero lo forzó a colaborar con él en un robo de rutina allí mismo, luego lo delató ante sus superiores, diciendo que había recurrido a la duplicidad sólo para ponerlo a prueba (la empresa no solamente despidió al hombre, sino que, con cierta alarma de Denton, le hizo juicio por estafa y lo ganó); pero alguien a quien se le podía arruinar la vida tan fácilmente no iba a hacer esto por uno. Y había varias mujeres que todavía estaban en los confines de su vida, mujeres a quienes había maltratado lo más que pudo, y que gozaban con las frustraciones de Denton, se alegraban de sus pesares, se reían de sus pérdidas. Se enteró de que una de ellas iba a casarse con un hombre muy rico, o al menos lo bastante rico como para contratar a los tres hombres; pero Denton nunca le había importado tanto como para hacer esto por él.

De todas maneras en unos días se le fue la preocupación por saber quién había contratado a los hombres. Denton se movía lentamente en los dos cuartos de su departamentito a medio decorar, calmado, distraído, con la mente tan vacía como los vidrios polvorientos de las ventanas y las paredes vacías, pintadas de colores chillones. Ahora ya nada lo aburría. Andaba todo el día en silencio por el departamento, no pagaba el alquiler (nadie parecía esperar seriamente que lo pagara), no iba a la oficina más que una o dos veces por semana y después ninguna (y a nadie parecía importarle; se comportaban con el tacto y la distancia de los parientes comprensivos), y no preguntaban quién había contratado a los tres hombres y su máquina. Denton tenía algún dinero, suficiente para comprar leche y algunos alimentos indispensables. En su juventud había sido anoréxico porque odiaba la idea de envejecer y engordar.

Ahora su estómago había vuelto a descubrir esa tensión madura y sentimental, y solía vomitar de inmediato después de ingerir sólidos.

Pasaba el día sentado en el living vacío, pensando en su infancia. Sentía que toda la vida había estado alejándose de la felicidad de su juventud, alejándose para llegar a la inseguridad y la desilusión de la mediana edad, cuando gradualmente, como por un consenso, él dejó de gustarle a la gente y la gente dejó de gustarle a él. ¿Qué me pasó?, se preguntaba Denton. A veces tenía la repetida imagen de él mismo a los seis o siete años, corriendo a tomar el ómnibus escolar, con la mochila apretada bajo un brazo, el rostro fresco y tranquilo… y de pronto se inclinaba hacia adelante y sollozaba roncamente tapándose la cara con las manos, para después levantarse e ir quizás a preparar té, y a contemplar los complicados movimientos en la calle, sintiéndose borracho y sabio. Denton agradecía a cualquiera que hubiera contratado a los tres hombres para hacerle esto; jamás se había sentido tan lleno de vida.

Más tarde, su mente se concentraba únicamente en la llegada de los tres hombres con su máquina, y su infancia se desvanecía junto con otros pedazos de su vida. Sin hacerse ver, Denton "racionalizaba" sus provisiones de alimentos, importando una variedad de leches en polvo y comida para bebés de amplio espectro, de manera que, si fuera necesario, pudiera no salir nunca más del departamento. Con la agria obcecación de un adolescente decidió dejar de lavar su ropa y de bañarse. Cada mañana los vidrios de las ventanas estaban más empañados, dejaba encendidas noche y día las estufas que secaban el ambiente. Sus dos habitaciones se recalentaron y se volvieron inhóspitas, como invernaderos abandonados bajo las tormentas de verano. Una vez siguió el impulso de abrir con un golpe la ventana atrancada del living. Las puertas de entrada resonaron de una manera odiosa, como si estuvieran llenas de acero.

Cerró la ventana y volvió a su sillón junto a la estufa, donde permaneció con la cara inexpresiva hasta que llegó la hora de acostarse.

Durante la noche lo atormentaban y lo deleitaban los sueños. Lloraba en playas rojas, las olas se alzaban ante él hasta ocultar el Sol. Veía ciudades que se desmoronaban, montañas que se alejaban, continentes que se partían en pedazos. Conducía un mundo agonizante hacia el calor amigo del espacio.

Sostenía planetas con las manos. Caminaba, tambaleante, bajo arcadas interminables, observado desde las oscuras puertas por figuras conocidas, encapuchadas. Unas niñitas voladoras con agudos dientes de depredadores se acercaban a él por el aire en veloces curvas ondulantes, imposibles. Se encontraba con alguien que era él mismo, más joven, y le llevaba comida, pero un águila se la arrebataba. A menudo se despertaba acostado en diagonal en la cama, con las mejillas húmedas de las lágrimas que había derramado. ¿Cuándo vendrían? ¿Cómo sería la máquina? Denton pensó en la llegada de los tres hombres como si se sintiera abandonado por una amante que lo hubiese dejado mucho tiempo antes; el golpe en la puerta, las sonrisas tranquilas que inspiraban confianza, el lecho, el cigarrillo que se pide, la mano del jefe que se ofrece, la máquina. Denton imaginaba el momento como un simple cambio de humor, un simple pasaje de un estado a otro, como despertarse o dormirse o darse cuenta repentinamente de algo. Sobre todo se deleitaba con la idea de ese apretón de manos tranquilizante cuando la máquina empezara a funcionar, un peldaño de una escalera, el contacto con la mano del otro mientras se iba la vida y comenzaba la muerte. ¿Cómo sería su muerte? La mente de Denton veía catálogos de emblemas, bestiarios. La nada, y un zumbido rojo. Un engaño. Un patio de juegos desierto.

Sueños dolorosos. El fracaso. La sensación de que los otros quieren librarse de uno. El proceso de morir repetido eternamente, ¿cómo será mi muerte?, pensó, y de pronto supo, con abrupta certeza, que su muerte sería como su vida: diferente en la forma, tal vez, pero nada nuevo, el mismo equilibrio entre lo tolerable y lo intolerable. Lo mismo.

Más tarde, esa misma noche, Denton abrió los ojos y estaban allí. Dos de ellos en el vano iluminado de la puerta de su dormitorio, en posturas que revelaban el peso de la tarea que tendrían que cumplir. Detrás de ellos, en la otra habitación, oía al tercer hombre que preparaba la máquina. El cielo raso amarillo estaba lleno de sombras. Denton se incorporó de inmediato, hizo un vago intento de alisar su ropa y sus cabellos. -¿Son ustedes? -preguntó Denton.

- Sí-respondió el jefe-, aquí estamos otra vez. -Miró a su alrededor. -Qué chico desaseado eres, ¿eh?

- Ay, no me digan eso -contestó Denton-. No me lo digan ahora.

Sintió una oleada de vergüenza y lástima de sí mismo, se vio a sí mismo como lo veían los otros, un viejo vagabundo en una habitación sucia, con miedo de morir. Cuando avanzaron hacia él estalló en lágrimas, le pareció la única forma de expresar su desvalimiento.

- Ya casi estamos -dijo uno de los hombres con voz melosa. Y un segundo después los tres se inclinaron sobre él. Lo alzaron de la cama y lo llevaron al living. Comenzaron a atarlo con correas de cuero a una silla recta, manipulándolo como médicos del ejército a un paciente difícil. Todo fue muy rápido.

- Un cigarrillo, por favor -dijo Denton.

- No nos sobra el tiempo, ¿sabe? -murmuró el jefe-. Claro que lo sabe.

La máquina estaba lista. Era una caja negra con una luz roja y dos llaves cromadas; hacía un ruido sordo. De la parte más próxima salía un tubo brillante de color carne, que terminaba en algo parecido a una pequeña máscara de gas rosada o al protector bucal de un boxeador.

- Abra grande -dijo el jefe.

Denton se resistía débilmente. Le apretaron la nariz.

- Mañana todo será cosa del pasado -continuó el jefe-. Terminaremos… en… dos minutos. Separó con sus dedos los labios apretados de Denton. El aparato bucal se ubicó sobre los dientes de adelante. Parecía un ser vivo que buscaba su inserción con sus superficies carnosas que sabían dónde colocarse.

Denton comenzó a sentir una succión profunda, de adentro hacia afuera en el pecho, que le daba náuseas, como si cada corpúsculo se preparara para un movimiento abrupto y concertado. ¡La mano! Denton se puso rígido. Con inútil enojo luchó por atraer la atención del jefe, desorbitado y dejando escapar débiles sonidos finales desde lo más profundo de la garganta. Cuando la presión se instaló poderosamente en su pecho, se inclinó y flexionó las muñecas, luchando encarnizadamente contra las correas de cuero. Algo le cosquilleaba el corazón con dedos gruesos y fuertes. Flotaba a tientas en aguas oscuras. Se estaba muriendo solo.

- Bien -dijo uno de los hombres cuando se aflojó su cuerpo-, está listo.

Denton abrió los ojos por última vez. El jefe lo miraba fijamente. Denton no tenía fuerzas, fruncía el entrecejo tristemente. El jefe comprendió casi de inmediato, sonriendo como un padre a su chico que se ha puesto nervioso.

- Ah, sí -dijo-, éste es el momento en que Denton siempre quiere que le den la mano.

Denton oyó el clic de la segunda llave y sintió que tiraban de una larga cuerda que iba saliendo de su boca.

El jefe le estrechaba firmemente la mano mientras se iba la vida y comenzaba la muerte de Denton.

De pronto Denton supo que los hombres serían tres, que llegarían después del anochecer, que el jefe tendría su propia llave, y que actuarían en forma tranquila y deliberada, sabiendo que tenían todo el tiempo necesario para hacer lo que debían hacer. Al principio se interesaba mucho en adivinar quién habría contratado a los hombres y a su máquina. Pocos días después esta cuestión dejó de interesarle. Pasaba el día sentado en el living vacío, pensando en su infancia.

Y después su mente se concentró totalmente en la llegada de los hombres y su máquina, y su infancia se desvaneció junto con todos los otros fragmentos de su vida. Por la noche lo lastimaban y lo deleitaban los sueños. ¿Cuándo llegarían los hombres? ¿Cómo sería su muerte? Esa misma noche Denton abrió los ojos y estaban allí.

- Sí -dijo el jefe-, aquí estamos otra vez.

- Ay, no me digan eso -dijo Denton-. No ahora.

La máquina estaba lista. El jefe le apretaba la mano mientras se iba la vida, y comenzaba la muerte de Denton.


En Agua pesada
Traducción: Alicia Steimberg
Imagen: © Barry Lewis/In Pictures/Corbis


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Thomas Bernhard during rehearsal of ‘Heldenplatz’, Burgtheater, Vienna, 1988 -by Harry Weber.

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Thomas Bernhard during rehearsal of ‘Heldenplatz’, Burgtheater, Vienna, 1988 -by Harry Weber [© IMAGNO/ÖNB]

Those are terrible people who don’t like Glenn Gould… I will have nothing to do with such people, they are dangerous people… I also demand that my wife love Glenn Gould, in that respect I’m a fanatic.
— Professor Robert Schuster, in ‘Heldenplatz

photo from Österreichischen Theatermuseum

January 28 2012

Maura Sullivan: Derya and the birds










Cortesía: Kahmann Gallery Amsterdam
Fuente: Art Knowledge News
Vía: Coulours


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Maura Sullivan

Mirror

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Maura Sullivan

Summer

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Georgette at the Table, 1933-1935 -by René Magritte.

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Georgette at the Table, 1933-1935 -by René Magritte

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Cesare Pavese - La gitana





Como todas las mañanas me desperté antes de que fuera de día, pero esperé a que hubiese claridad antes de bajar de la cama. Eso ganaba sobre el largo día. La lluvia, como de costumbre, en vez de lavarme el cristal me lo había ensuciado. Atendí a las cosas sin atreverme a salir. A eso de las once, empujado por el hambre, miré al cielo y bajé aquellos tres peldaños. Persistía en el viento la humedad de la lluvia.

El mundo era un pantano agitado por el viento. A la puerta de las casas hombres con mantas esperaban el infalible sol. Una mujer descalza que atravesaba la plazuela me infundió valor para llegar a la fonda. En el umbral me volví no para mirar al mar —sabía ya que también era un pantano—, sino como hacía siempre por si acaso alguien cruzaba la plaza detrás de mí. Al otro lado del cristal vi sentado a Carletto —los otros ya se habían marchado— que esperaba mirando a la puerta. Se mantenía aferrado, con los puños cerrados, a los bordes del velador, con el gesto de quien va a decidirse a levantarse haciendo un esfuerzo y los ojos clavados en la puerta. Me miró también sin moverse.

No hablamos hasta que llegaron nuestros platos. Disponíamos de todo el día para hablar y no era cosa de desperdiciar los temas. Nosotros dos habíamos hablado tanto ya que teníamos que pensárnoslo dos veces antes de iniciar una conversación. De repente dije que la parra del ayuntamiento estaba más roja que nunca. Todo se pudría y decoloraba en aquel pueblo, menos la parra del ayuntamiento. Carletto hizo un ademán y volvió a inclinarse sobre el plato. Yo había advertido ya que pensaba en su casa: estaba en la consabida situación en la que uno mira a su alrededor sin dar crédito a sus ojos y los bocados se mastican a medias y se olvidan. Si comenzaba con aquel tema, sería el cuento de nunca acabar.

—¿Quién te dice que no estoy también lejos de alguien? —le había respondido una de las primeras veces que me había liado.

Él me dirigió un vistazo sorprendido, sorprendido y feliz, como quien encuentra un amigo inesperado. Y me contó todos los detalles de su soledad, sin vergüenza, sin reserva, como si yo pudiera darle la clave de lo que no ocurría, lo que no se podía hacer que ocurriera, por tratarse de una voluntad que no era la nuestra.

Pero esta vez no habló de su mujer ausente. Esta vez me anunció que habían aparecido unos gitanos por el pueblo, con ollas y carretas, que habían visto a alguno de madrugada, y que las mujeres, según el barbero, visitaban las casas en busca de trabajo.

—Parece imposible —dijo con repentino ardor—, hoy aquí, mañana en la montaña, pasado mañana vete a saber dónde. Nadie manda en ellos, nadie los retiene. Son lo contrario de nosotros.

—Están en su casa en todas partes —contesté.

Carletto había aferrado de nuevo con los puños los bordes de la mesa y parecía esforzarse por estarse quieto.

—Come —le dije.

Pero lo inquietaba especialmente la noticia de que los gitanos anduvieran por el mundo acompañados por sus mujeres. Decía que eran gente de sangre caliente, que no podían prescindir de las mujeres, y por eso las llevaban consigo.

—Deben de tener una vida infernal —repetía.

—¿No querrás escapar?

Me respondió con una mueca. Sobre el cristal se había encendido un poco de sol amarillo, y mientras esperaba a que Carletto acabase de comer, fantaseé también yo, atisbando la luz pálida, sobre los gitanos y su vagabundeo. Salimos juntos a la plazuela, en el viento que contendía con aquel sol apocalíptico, y no encontramos a los muchachos de costumbre armando follón. Una mujer nos dijo que habían ido a ver a los gitanos y nos indicó cierta dirección. Entonces poquito a poco, sin decírnoslo, echamos a andar a lo largo de la playa disfrutando del poco sol que resistía y echando vistazos a la espuma terrosa del mar. Carletto no hablaba. Llevaba las manos a la espalda y pisoteaba meditabundo la arena húmeda.

Yo miraba la colina yerma.

—Yo que ellos ya me habría ido —dije de pronto, incontenible.

Carletto no me respondió.

Caminamos, caminamos hasta el consabido grupo de árboles secos y deshojados. Allí la playa estaba cerrada por peñas y había que subir a la carretera. Trepamos, miramos a lo lejos y no vimos señales de vida. En el aire vibrante no se oía sino el aullido del viento y el retumbo del mar.

En aquellas peñas solíamos fumar, fumar contemplando el horizonte y escrutando el rostro insólito de las peñas o las colinas que había detrás de nosotros. Pero aquel día no había nadie, y pronto acabamos de fumar. Carletto dijo algo sobre los muchos inviernos que debían pasar aún para nosotros en aquella costa. Esta vez fui yo quien no respondió.

Regresamos al pueblo y le dije que viniera a calentarse a mi casa. El sol se había ido, pero la oscuridad estaba aún lejos. La fonda estaba vacía.

—Aquí se han muerto todos —dije—. Me voy a casa.

Carletto no me soltaba. Esa tarde se había vuelto más pegajoso que las hojas podridas. No hablaba, no daba señales de vida, no levantaba la cabeza. Pensaba en su mujer. Pero también yo estaba tan harto y solo que experimentaba cierto alivio al sentirlo a mi lado. Siempre podía ocurrir que dijese algo.

Entramos en la habitación y puse inmediatamente el café sobre el hornillo. Él se sentó como solía, en la caja del carbón, y encendió el cigarrillo con una torpeza que cada vez me daba pena: las gruesas manos parecían tener miedo de tocar el cigarrillo. Había aprendido a fumar conmigo.

Sobre la mesa había libros, y Carletto también esta vez posó en ellos los ojos con nueva sorpresa. Aunque tiempo atrás había sido tipógrafo, tantos libros lo cohibían y no entendía para qué servían. Ahora paseaba la vista por el cuarto.

—Dicen que los gitanos lo saben todo —farfulló—. Lo saben todo, andan por el mundo, saben más que nosotros.

—Es gente sin normas. Viven a su modo.

Después, mientras le daba el café le hice hablar de su mujer. Le pedí noticias, bajé la voz y sentí en sus quejas el habitual balbuceo de emoción. Había encarrilado yo la conversación sobre lo que hacía en los buenos tiempos al volver a casa del trabajo, y sobre las esperanzas que su mujer tenía de colocarse y reunirse con él, cuando la puerta de cristales entornada a nuestras espaldas tembló, se abrió y una voz enérgica nos hizo volvernos. Al umbral había subido una mujer, una mujer morena de sayas revoloteantes, que en la luz gris de aquel maldito día nos miraba hablando sin parar, y mientras tanto vigilaba alguna otra cosa en el pequeño patio, quizá la puerta contigua a la nuestra. Con una mano nos tendía una paleta y nos decía guturalmente que se la compráramos, pero ya estaba a punto de irse, como si la hubieran llamado.

—La gitana —me sopló Carletto por la espalda.

Cohibido de momento, miré a la mujer, especialmente la pañoleta roja que llevaba anudada a la barbilla, y creí que se iba. Continuó durante unos segundos la queja de su voz, y la paleta de hierro subía y bajaba, rítmicamente, mientras la mujer medio dentro y medio fuera nos miraba con más fijeza poco a poco, hasta tal punto que entró en el cuarto sin que me diera cuenta.

—Compradme una paleta, compradme una paleta —decía observando a su alrededor y avanzando, con pinta de saber que de momento nos quedaríamos pasmados y no le contestaríamos; y vio los libros, vio el vaso medio lleno de café, vio las pieles de naranja amontonadas sobre una silla, vio la cama deshecha y abierta.

No era un rostro joven, tenía la cabeza descubierta y el cabello empapado de gotitas brillantes. Fuera lloviznaba. La mujer era flaca y de piel oscura, una campesina de gestos rápidos y voz insólita. Bajo la falda calzaba un par de botas, y eran lo único por lo que no parecía una campesina.

Ella miraba el hornillo encendido y dejó caer la paleta. Carletto se había levantado, a mis espaldas, y yo dije algo. La gitana había cambiado ya de conversación. Con la misma cadencia, pero con un calor más vivo, nos miró a ambos a los ojos y dijo bruscamente que muchas malas mujeres habrían querido encontrarse con nosotros a lo mejor enseguida, pero que nosotros sabíamos gobernarnos y las malas mujeres no podían jactarse de nada, aunque nosotros sí podíamos jactarnos de ser esperados e invocados por una mujer prisionera detrás de puertas de terciopelo. Al decir esto, una sonrisa le marcó las comisuras de la boca. No era una mofa que tuviese relación con las palabras; había hablado sin detenerse y, aunque animadamente, con la cantilena maquinal de quien repite un discurso. Aquella sonrisa era más bien la señal de que nos había entendido.

La gitana dejó la paleta contra la pared inclinándose sin perdernos de vista y se sacó, no sé cómo, un mazo de naipes de un bolsillo y empezó a hacerlos restallar entre las manos. Dijo a Carletto, que la miraba incrédulo con la boca abierta, que aquella era la buenaventura y que si tenía ganas de oírsela decir. Carletto, inesperadamente, avanzó un paso y se animó y pasó la mano sobre la mesa como para despejarla para que la gitana pudiera hacernos su juego. Pero la gitana pidió «una señal».

Puse sobre la mesa una moneda —la primera que me vino a los dedos—, y ella empezó a mirarme fijamente deslizando las cartas bajo el pulgar. Entonces le dije que la suerte no la esperaba yo, sino el otro, y reí como había sonreído ella antes y fui al hornillo, lo aticé y me volví para decir que conocía mi suerte durante al menos tres años. Ella, sin insistir, cogió la mano de Carletto y le dio la vuelta con la palma hacia arriba.

La mano gruesa y pesada de Carletto, abandonada en las manos de la mujer y escrutada de aquel modo, resultaba extraña. Pero la gitana la dejó caer de inmediato y dijo que manos como aquella no hablaban. Puso el mazo de naipes sobre la mesa y los extendió. Yo ahora la veía inclinada, casi de espalda, oía sus murmullos y sus alientos, los grititos de sorpresa —las palabras que se le dicen a un bebé o a un gatito al mimarlos—. Aquellas botas y el pañuelo rojo, y los ojos vivos y escurridizos que adivinaba atentos al juego, casi me hicieron olvidar que ya no era joven. No me habría asombrado si, volviéndose, me hubiera aparecido hermosa y fiera, risueña, como la novia de un bandido.

Quien la escuchaba con el corazón en un puño era Carletto. Dubitativo y atento, con el entrecejo fruncido, seguía los gestos de las manos sobre las cartas, recibía la revelación y saludaba las figuras con el aire de quien las viese entonces por primera vez. Aventuró incluso alguna pregunta.

La gitana le decía que dejase obrar a las mujeres. Dos mujeres, una conocida y una desconocida, se lo disputaban y se vigilaban entre sí. Sus rivales estaban ya derrotados desde el principio. Una carta estaba volando hacia él. Una enfermedad cambiaría su suerte. A la suerte, además, basta con interrogarla para que se apresure. En ese mismo momento estaban contando una suma que le estaba destinada y una mujer soñaba con sus besos.

—¿Quiere café? —le pregunté a la gitana cuando se volvió.

Había olvidado los pliegues oscuros que le tallaban la boca y me sorprendieron cuando los vi de nuevo. Lástima aquella sequedad y aquella tensión de los rasgos. Tenía los ojos y los movimientos de una mujer que había sido guapa.

Ella sonrió, con aquel involuntario rostro de mofa que constituía su cordialidad. Se acomodó la falda, se pasó un dedo entre la garganta y el pañuelo y recorrió la habitación con mirada voluble, cogiendo la taza.

Se sentó, contestó a Carletto, que quería saber algo más, pero volviéndose hacia mí, y dijo que todos los hombres tienen un destino y una mujer que piensa en ellos.

Carletto le preguntó cuál era el destino de las mujeres. Se me escapó una sonrisa. Había hablado de pie, con una voz entre torpe y tentadora, como de quien quiere bromear, con un rostro aún serio y ceñudo.

—El hombre —dijo la gitana, acercando la boca a la taza.

Y nos escrutó mientras bebía. Le miré las botas otra vez.

—Lleva botas de hombre —dije—. ¿Las usa siempre?

—Hago mucho camino.

—¿No van en carro?

—El carro hay que empujarlo, cuando las carreteras están rotas.

—¿No se paran en los pueblos?

Carletto nos miraba hablar, vacilante, al lado de mi silla. Dijo alzando la cabeza:

—No está nada bien una mujer con ese calzado. ¿Las lleva siempre en los pies?

La gitana rió, un poco ronca.

—Me las quito para dormir en la cama.

Y miró, con aquellos ojos, a nuestras espaldas.

—¿Tienen cama en el carro? —dije.

Me escudriñó, impávida.

—No, pero a veces encuentro alguna que me gusta.

Entonces me volví hacia Carletto, como para invitarlo a decir la suya. Carletto, con las manos en los bolsillos, examinaba de abajo arriba a la gitana, entre dispuesto y enfadado. «Ahora le cuenta de su mujer», pensaba. Pero Carletto se adelantó un paso, con la cabeza gacha como un toro, y con voz insegura, casi rabiosa, balbució:

—Si se quita las botas, aquí también podría dormir.

La mujer me miró a mí, a él, miró al medio, nos miró a ambos y tenía de nuevo en la boca aquel pliegue maquinal. Pero esta vez reía.

Callamos un momento y me levanté. Fuera la niebla había adquirido un tono azul, casi caliginoso.

—Ya no llueve —dije mirando al cristal—. Voy a ver si en la fonda hay alguien. Ven tú luego a cenar.

Y sin hacer caso de Carletto, lancé una sonrisa y un ademán de saludo a la gitana, me abroché el impermeable y salí.


En Los cuentos
Traducción: Esther Benítez


Loulourevisited: Un libro cada día (su nuevo blog)






Los libros y los días
enero 26th, 2012






Cuando hablan de los libros que me gustan me callo. He pasado muchos años sintiendo que los libros además de ofrecerme un país para mí sola, me separaban de los demás, las portadas eras barreras no sólo defensivas sino agresivamente escupidoras de compañía. Tantos años defendí mi propiedad espiritual tan dolorosamente conseguida en soledad de la mirada de los otros. Y entonces me callo. Cuando hablan de mis libros me callo, como si la esposa de mi amante estuviera comentando delante mía en una reunión de sociedad cosas desacertadas, o falsas, sobre el hombre al que yo amara en la clandestinidad; como si la esposa de mi amante no hubiera paladeado nunca ciertas delicias en las que yo me regodease a placer. Me callo. Quién necesita saber, o más bien, con quién necesito compartir sino con él. Con él. Y este él van a ser ustedes, porque paso demasiado tiempo delante de la pantalla de mi ordenador, paso demasiado tiempo delante de mis libros, y quién no quiere escupir, de una manera u otra, la belleza que se ha tragado. Así que esto es una escupida. En tu cara, amado mío. Compartamos los libros. Ámame en estos libros. Siempre es mejor un libro. Mi patria son los libros. Frases así digo todo el tiempo, así que voy a intentar hacer una demonstración, que sería algo así como mostrar los monstruos que me han crecido por dentro desde los libros que he leído o que leo. Es todo.




January 27 2012

Augusto Monterroso: La mano de Onetti





Si a uno le gustan las novelas, escribe novelas; si le gustan los cuentos, uno escribe cuentos. Como a mí me ocurre lo último, escribo cuentos. Pero no tantos: seis en nueve años, ocho en doce. Y así.

Los cuentos que uno escribe no pueden ser muchos. Existen tres, cuatro o cinco temas; algunos dicen que siete. Con esos debe trabajarse. Las páginas también tienen que ser sólo unas cuantas, porque pocas cosas hay tan fáciles de echar a perder como un cuento. Diez líneas de exceso y el cuento se empobrece; tantas de menos y el cuento se vuelve una anécdota, y nada más odioso que las anécdotas demasiado visibles, escritas o conversadas.

La verdad es que nadie sabe cómo debe ser un cuento. El escritor que lo sabe es un mal cuentista, y al segundo cuento se le nota que sabe, y entonces todo suena falso y aburrido y fullero. Hay que ser muy sabio para no dejarse tentar por el saber y la seguridad.

Como Juan Carlos Onetti es sabio, sabe que no sabe y por eso sus cuentos son insondables y como seres vivos que hay que volver a ver una y otra vez, de principio a fin, y por en medio, y por las esquinas de las páginas y de los párrafos; y empezar de nuevo porque la vida y los cuentos son complicados, y un tiempo más tarde, seis años o una semana, el cuento ya es otro, y uno ya es otro, y entonces hay que recomenzar y darle vueltas, agitarlo antes de usarlo y dejar que las palabras vuelvan a asentarse para permitirles una vez más revelar su misterio, a medida que pasan al ojo, a lo que llamamos cerebro (palabra horrible) o, mejor, a lo que antes se decía sin ninguna vergüenza el corazón o el alma, a donde los cuentos de Onetti van indefectiblemente a dar, porque ése es su blanco secreto, y uno se va dando cuenta de eso y encuentra, con un gusto más bien melancólico, que eso es un cuento, y que por lo mismo los cuentos no pueden ser muchos porque el corazón no los resistiría, y si son de Onetti, menos. Y esto sí lo sabe Onetti y por eso no ha escrito tantos para dejarnos pasar a sus novelas, en las cuales siempre es más fácil, por una razón o por otra, acostumbrarse con tiempo a las cosas, y sobrevivir.

Una mañana de 1967 Onetti llegó a mi casa en la ciudad de México. Lo más probable es que él lo olvidara. Yo lo acompañaría a la Universidad de México, en donde grababa un disco para una colección llamada Voz Viva de América Latina. Llegó a mi casa un día, una mañana, en la ciudad de México.

En la pequeña sala, una hija mía de meses le llamó la atención. Onetti se acercó a ella. Inclinándose, extendió un brazo y le acarició con ternura la cabeza. En su cuento “Un sueño realizado” alguien acaricia también una cabeza en el final de la vida. De entonces para acá he estado cerca de Onetti, sin que él me viera, en varias ocasiones. El mejor recuerdo suyo que tengo es el de su mano en la cabeza de mi hija en el principio de la vida.


En Augusto Monterroso, Dosier
Ediciones del Sur (Córdoba, Argentina), 2003
http://www.edicionesdelsur.com
Fuente foto (s-d)


January 26 2012

ignoria
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Montparnasse, 1916. Left to right, Amadeo Modigliani, Picasso, Andre Salmon.

Foto Jean Cocteau (gracias, chagalov)

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Modigliani, Picasso e Andre Salmon

Ernesto Schoo: Encuentro de Virginia Woolf y George Bernard Shaw







Hace años que vengo leyendo los "Diarios" de Virginia Woolf. Me lleva tanto tiempo porque son cinco tupidos tomos, en la edición de bolsillo de Penguin, 1982-87, editados por su sobrino, Quentin, y la mujer de éste, Anne Olivier Bell. En el tercer volumen, que abarca de 1925 a 1930, Virginia se ve obligada por cortesía y contra su voluntad , a asistir a un garden-party ofrecido por el célebre economista John Maynard Keynes (1883-1946) y su mujer, que había pertenecido a los Ballets Rusos de Diaghileff, Lydia Lopokova, en su casa en Londres, 46 Gordon Square. La fecha es el 19 de diciembre de 1929.

Allí, Virginia se encuentra con George Bernard Shaw. Ella cumpliría, el 25 de enero de 1930, 48 años; él tiene en ese momento 63 años y es, sin duda, el más famoso de los dos, aunque Virginia ya ha publicado "Al faro", "La señora Dalloway", "Orlando", y su ensayo "Un cuarto propio". La anotación en el "Diario" comienza con esta frase de Shaw : "En toda mi vida no he escrito otra cosa que poesía". La Woolf no dice nada y él continúa (hablar de sí mismo le fascinaba, como a casi todo el mundo): "Alguien ha escrito un libro demostrando cómo, con la simple alteración de una palabra o dos, todo un acto de mi obra «El dilema del doctor» es rimado. En verdad, mi gusto por rimar es tan fuerte que el otro día, cuando tuve que copiar una página de Wells, en la mitad mi pluma se detuvo. Yo estaba deseando escribir con mi propio ritmo, pero hasta ese momento ignoraba cuán fuerte es esa tendencia en mí. La mejor de mis obras es «Heartbreak House». La escribí después de encontrarme con usted y su marido en casa de los Webb, en Sussex. Acaso usted la inspiró".

Virginia, que solía alarmar a sus amigos por su franqueza, le dice a su interlocutor: "Pero usted escribe en irlandés, señor Shaw" (GBS había nacido en Irlanda). "Sí - le contesta él, sin molestarse - y lo mismo pasaba con George Moore, de quien Emile Zola me dijo un día que era el mayor novelista inglés" (Moore, 1852-1933, es considerado un escritor menor, más conocido como personaje pintoresco de la bohemia de París, donde pasó casi toda su vida y alternó en los cafés con los impresionistas y con Oscar Wilde). Prosigue Shaw: "Estoy recopilando mis trabajos. Descubrí que he escrito millones de palabras sobre el teatro, como crítico. No sé qué hacer con todo eso. Mi mujer quiere que no lo incluya en las obras completas, pero a mí me parece que es una curiosa visión de aquellos tiempos. ¡Me avergüenza pensar que alguna vez pude escribir tan mal! La colección se limitará a veintiún tomos. Se van a vender en los Estados Unidos con diferentes encuadernaciones. Algunas en cuero, carísimas; otras, mucho más baratas. No soy modesto, pero yo mismo me sonrojé ante lo que tuve que escribir como publicidad, para mis editores. Cosas como «esencial para cada hogar» y otras por el estilo".


* * *


Según el diario de Virginia, a continuación GBS hace una declaración inesperada, aunque evidentemente dirigida a ella, conocida por su lucha a favor de la emancipación de la mujer ("Un cuarto propio"): "Yo pienso que, digamos, entre doce personas siempre habrá tres mujeres tan inteligentes como los hombres. Lo que siempre les he dicho a las mujeres es que se dirijan a las instituciones del gobierno. No insistan en el voto, busquen representantes. Las mujeres son mucho más entusiastas en el trabajo que los hombres. Hacen cosas. Los hombres se la pasan chismorreando en el club".

Virginia lo halaga: "Pero usted ha hecho más que nadie por nosotras. Gracias a usted, mi generación es diferente".

Virginia se suicidó el 28 de marzo de 1941, ahogándose en el río Ouse. GBS murió en su cama el 2 de noviembre de 1950.







En La Nación, 18 de marzo de 2006



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Samuel Beckett’s Watt manuscript -

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Samuel Beckett’s Watt manuscript on display as part of Fathoms From Anywhere

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Dunas en la superficie de Marte.

Foto obtenida por el satélite Mars Reconnaissance Orbiter (MRO) de la NASA.

Fuente y nota




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T.S. Eliot with his sister and cousin

Photograhy by Lady Ottoline Morrell, date unknown

National Portrait Gallery, London

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Federico Fellini on the set of ‘Boccaccio 70 (Fellini, 1962) (Thanks a lot, Chagalov)

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Federico Fellini

via:theimpossiblecool

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Postcard sent from Virginia Woolf to George Bernard Shaw, 1940. 

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Postcard sent from Virginia Woolf to George Bernard Shaw, 1940

January 25 2012

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T.S. Eliot and Virginia Woolf in June 1924, as photographed by Lady Ottoline Morrell. (National Portrait Gallery)

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T.S. Eliot and Virginia Woolf in June 1924, as photographed by Lady Ottoline Morrell. (National Portrait Gallery)

“I have just finished setting up the whole of Mr Eliots [sic] poem with my own hands: You see how my hand trembles.”

- Virginia Woolf, in a 1923 letter to Barbara Bagenal.

George Steiner - Viajes al interior





Los marxistas califican sus creencias de «científicas». Hablan de las leyes de la historia y del método científico de la dialéctica. Sugería en mi primera charla que estas pretensiones pueden ser parte de una mitología, que no reflejan un estatus científico en ningún sentido verdadero, sino más bien el esfuerzo por heredar la difunta autoridad y las certezas dogmáticas de la teología cristiana.

El gran filósofo, y escéptico, británico sir Karl Popper —muchos de cuyos trabajos se refieren al problema de cómo establecer la diferencia entre una ciencia real y otros tipos de actividad mental— cita el marxismo como uno de los dos grandes ejemplos modernos de lo que llama una «pseudociencia»; la otra pseudociencia, nos dice sin reparo, es toda la escuela freudiana de psicoanálisis. También aquí, arguye Popper, tenemos los atavíos profesionales y el idioma de una ciencia exacta sin nada de su verdadera substancia. Las teorías psicoanalíticas, afirma, no están sujetas a falsación por medio de un experimento decisivo. En ninguna etapa las consideraciones freudianas en cuanto a la estructura de la conciencia humana y a los efectos de esa estructura sobre la conducta permiten el tipo de contra-prueba experimental que podría demostrar su falsedad. En la perspectiva popperiana, la ausencia de ese mecanismo de descalificación implica que la psicología freudiana no tiene un lugar entre los modelos científicos propiamente dichos.

Ahora bien, nosotros no necesitamos aceptar, yo creo, todo este esquema, tan ingenioso y tan punzante, de sir Karl sobre la demarcación entre una ciencia y otras formas menos respetables de pensamiento humano. Después de todo, mucho de lo que la ciencia lleva a cabo lo hace en realidad sin pasar por las pertinentes pruebas de auto-refutación. Pero Popper puso su dedo en la llaga de un problema muy real con respecto a la naturaleza del psicoanálisis. Mucho más perspicazmente que la mayor parte de sus discípulos, Freud estaba decidido a dar al psicoanálisis un fundamento biológico. Sus escritos, su trayectoria personal, las normas que trató de formular para sus seguidores, testimonian un temor intenso a separarse de las ciencias naturales. Freud temía —sí, creo que ésta es la palabra justa— la amplia brecha que podía abrirse entre el psicoanálisis y la investigación clínica, entre la imagen psicoanalítica de la arquitectura tripartita de la mente —ello, yo, superyó— o las dinámicas de represión y sublimación, por una parte, y el tratamiento bioquímico, neurofisiológico, de las funciones mentales, por otra. Casi hasta el final de su vida esperó la confirmación material, experimentalmente verificable, de las teorías que había propuesto, teorías que él sabía que había desarrollado sobre una base intuitiva e introspectiva. Hay en sus últimos escritos una imagen conmovedora donde habla del lóbulo izquierdo del ello, imagen conmovedora porque muestra ese gran anhelo por la base sólida de la prueba clínica.

En mi opinión es justo decir (y aquí, sin duda, radica la tragedia esencial de la empresa freudiana) que no hubo confirmación clínica o experimental alguna. Conceptos clave como la libido, el complejo de castración, el ello, siguen sin ser sustentados por una estructura correspondiente, ni siquiera análoga, de la neurofisiología humana. La definición de lo que podría constituir la curación sigue siendo igual de problemática que la cuestión de si se puede decir alguna vez que el análisis ha terminado. La fuerza sugestiva, la sutileza descriptiva de las clasificaciones y categorías freudianas, no se ponen en duda. Lo que no está claro es su estatuto con respecto a las pruebas, al control, a la falsación. Progresivamente, hemos llegado a comprender que los modelos y conceptos freudianos son imágenes, escenas, metáforas cautivadoras; que están anclados no en un cuerpo de hechos externos científicamente demostrables, sino en el genio individual de su fundador y en circunstancias locales.

Propongo con vacilación, pero con cierta seriedad, la sugerencia de que la famosa división de la conciencia humana —el ello, el yo, el superyó— es en sí misma algo más que el reflejo anatómico del sótano, la vivienda y la buhardilla de un hogar de la clase media de la Viena del cambio de siglo. Las teorías de Freud no son científicas en el sentido de ser universales, de ser independientes de su medio étnico-social, como lo son las teorías de la física o la biología molecular. Son lecturas inspiradas y proyecciones a partir de las muy especiales condiciones sexuales, familiares y económicas de la vida burguesa en la Europa central y occidental entre, digamos, los años 1880 y 1920. Hasta el punto de que, tal como pronto pusieron de manifiesto conocidas críticas como las del antropólogo Malinowski, el modelo freudiano del impulso y la represión del instinto no se aplican a las sociedades matriarcales o a los sistemas de parentesco distantes de la norma europea. El cuerpo probatorio del psicoanálisis no es un cuerpo de fenómenos orgánicos o materiales en el sentido que es habitual, por ejemplo, al neuroquímico. Es un particular ensamblado de hábitos lingüísticos y conductuales en un tiempo y un lugar dados. El estatuto de la propuesta psicoanalítica no es (como Freud esperó de manera persistente) el de un postulado en la teoría de la evolución de Darwin. (Y Darwin fue de alguna manera el modelo de las ambiciones freudianas). Sus verdades son de un orden estético, intuitivo, como las que encontramos en la filosofía y en la literatura. Los compañeros de Freud, sus aliados en el gran viaje hacia el interior, fueron, como él mismo llegó a presentir, Schopenhauer, Proust o Thomas Mann.

Ahora bien, con esto no pretendo denigrar la fuerza seminal de las intuiciones de Freud. Es un simple lugar común que estas ideas han ejercido un formidable efecto de retroalimentación en la cultura occidental. Nuestro sentido del yo, de nuestras relaciones personales —casi diría, de la forma en que nos movemos dentro de nuestra piel—, todo esto ha sido impregnado por el estilo freudiano. Muchas de las conjeturas de Freud se han cumplido ya, pues las costumbres privadas y sociales se han alterado para satisfacer las expectativas del psicoanálisis. No es sólo un mal chiste decir que surgieron muchas neurosis desde el momento en que Freud nos enseñó a afrontarlas. Pero este gran enriquecimiento de la imagen de nuestra experiencia de que ahora disponemos, esta capacidad para generar datos objetivos —pues el psicoanálisis casi inventa sus necesarios pacientes—, todo eso por sí mismo no indica un estatuto científico. Sugiere el tipo de totalidad metafórica de diagnosis, el tipo de escenario simbólico a que ya nos hemos referido al hablar del marxismo. Decididamente anti-religiosas, las enseñanzas de Freud, también ellas, pienso, constituyen una forma de post-teología, de teología sustituta o vicaria. Y también es la suya una estructura mitológica.

El psicoanálisis tiene una triple relación con el mito. Y permítaseme que intente mantener estas tres funciones tan claramente diferenciadas como sea posible. Primero, desde el principio, Freud hizo uso de los mitos y del material imaginario y poético de la literatura para proporcionar una prueba decisiva a sus teorías. Enseguida veremos un ejemplo. Segundo, consciente o subconscientemente —y recordemos que el mismo Freud nos recomendó mantener viva esta diferencia—, Freud llegó a asociar su propia vida de trabajo y la difícil historia del movimiento del psicoanálisis con un modelo mítico. También examinaremos eso. Por último, en sus últimos escritos Freud desarrolló una mitología profundamente conmovedora de la creación humana y la extinción humana por medio de la cual adaptar y hacer comprensibles las conclusiones a que había llegado con respecto a la naturaleza del hombre. Estas tres funciones o utilizaciones de lo mítico se superponen y actúan recíprocamente unas sobre otras, pero pienso que es útil mantenerlas separadas.

Ilustraré la primera con un ejemplo esencial, un ejemplo que en realidad es fundamental para el conjunto del esquema propuesto por Freud. Durante los últimos meses de 1896 y en la primera mitad de 1897, Freud acumuló material recogido de las fantasías, los ensueños diurnos y los modelos obsesivos de sus pacientes. Una y otra vez este material parecía conducir al hecho de que una niña había sido seducida por su padre. Al principio, Freud se inclinó a creer que esto había sucedido realmente. Luego comenzó a preocuparse: demasiadas niñas seducidas por demasiados padres; incluso en la Viena degenerada de la época, aquello carecía de sentido. Empezó a buscar una explicación diferente. En una carta del 21 de septiembre de 1897 a su amigo Fliess, un colega médico, vemos cómo la claridad se empaña. De repente dice: «Esto podría dejar abierta la posible explicación de que la fantasía sexual hace un uso regular del tema de los padres». Después, en la misma carta, Freud añade con tono despreocupado: «Preguntas cómo me siento. Bien, parafraseando la observación de Hamlet sobre la madurez, te contesto, querido Fliess, la alegría es todo». Detengámonos aquí. Observamos un doble error en la cita. Desde luego, la observamos porque Freud nos ha dicho que la observemos. Freud pretende citar a Lear, pero Hamlet está actuando en su perspicaz y tensa conciencia. El problema de la obra shakespeariana está actuando como catalizador, está fustigando su mente.

El 15 de octubre llega la hora copernicana en la historia de todo el movimiento psicoanalítico. «Ser totalmente honrado con uno mismo es un buen ejercicio. Se me ha ocurrido una idea de alcance general. He encontrado el amor de la madre y los celos del padre también en mi propia vida, y ahora creo que es un fenómeno generalizable a toda la primera infancia. Si es así, la fuerza del Edipo Rey de Sófocles, a pesar de todas las objeciones al destino inexorable que aparecen en la obra, se hace perfectamente inteligible. Cada miembro del público se convierte en Edipo en su fantasía, y la satisfacción de este sueño representado en la realidad hace que todo el mundo retroceda horrorizado cuando se revela la plena medida de la represión que separa sus rasgos infantiles de su estado actual. Otra idea se me ocurre. ¿No es ésa la raíz de Hamlet? No estoy pensando en las intenciones conscientes de Shakespeare; más bien, estoy suponiendo que fue impulsado a escribir por un acontecimiento real, porque su propio inconsciente comprendía al de su héroe. ¿Cómo explicar la histérica frase de Hamlet «Por eso la conciencia nos hace cobardes a todos» [y hago un inciso: de nuevo la cita está ligeramente deformada] y sus vacilaciones a la hora de vengar a su padre matando a su tío, cuando con tanta indiferencia envía a sus cortesanos a la muerte y despacha tan rápidamente a Laertes? ¿Cómo mejor que por el tormento surgido en él por el oscuro recuerdo de haber planeado la misma acción contra su padre a causa del apasionado deseo por su madre? Demos a cada uno lo que le corresponde y veremos quién escapa entonces de la culpa. Su conciencia es su sentimiento inconsciente de culpa».

Ahora bien, lo que quiero subrayar, y esto puede hacerse extensible a toda la obra madura de Freud, es que los antiguos mitos, la ficción, la novela, el poema, la obra de teatro, el guión propuesto por el novelista o el dramaturgo, no se citan como un paralelo más o menos contingente. No se citan sólo como ilustración. En el núcleo del modelo teórico de Freud proporcionan la validación indispensable. Donde cabría esperar un cuerpo sustentante de pruebas clínico-estadísticas, el registro de un gran número de casos, Freud ofrece la «prueba» —pongo la palabra entre comillas— del mito y la literatura. Esto sucede una y otra vez. Cuando publicó sus conjeturas sobre el complejo de Edipo, los gritos a lo largo y ancho de todo el mundo llamado civilizado fueron terribles. Perseguido también en su vida privada por la acusación de ser un charlatán obsesionado con el sexo, que había mancillado para siempre la inocencia de las familias y despojado a niños y niñas de su pureza a los ojos de Dios, Freud contestó de una manera característica: «¿Por qué me atacan? La prueba de lo que digo está abundantemente presente en los grandes poetas del pasado. En Edipo, Yocasta declara: "Antes de esto, tanto en sueños como en los oráculos, muchos hombres han dormido con su propia madre". Y en la gran novela de Diderot, El sobrino de Rameau, leo: "Si el niño —el pequeño salvaje— fuera abandonado a sí mismo, si conservara toda su insensatez y combinara las violentas pasiones de un hombre de treinta años con la falta de razón de un niño de cuna, retorcería el pescuezo a su padre y saltaría a la cama de su madre"». Es precisamente en el gran punto crítico de su pensamiento cuando la distancia de un modo científico de argumentar y probar es más clara, y cuando mejor observamos la afinidad con un procedimiento religioso o religiosometafísico como, por ejemplo, en Platón. La demostración de Freud de la universalidad de sus metáforas terapéuticas, así como del complejo de Edipo, son en sí mismas construcciones metafóricas, dramas arquetípicos, encarnados y transmitidos en mitos.

El segundo aspecto es mucho más difícil de tratar, y soy claramente consciente de la muy provisional condición de lo que quiero proponer. Recuérdese lo que antes dijimos respecto de que Marx identificaba su misión, su función dramática en la historia humana, con la de Prometeo, el portador de la antorcha de la rebelión y la verdad que él trae para liberar a los hombres. En el caso de Sigmund Freud parece haber existido una gran dosis de autoidentificación con la figura de Moisés, o de autoproyección en él. Ha habido estudios detallados del ensayo o monografía, de alguna manera enigmático, del propio Freud sobre el Moisés de Miguel Ángel, esa abrumadora escultura que literalmente derrotó a Freud cuando la vio por vez primera en las sombras, en el rincón de San Pietro in Vincoli, una pequeña y oscura iglesia de Roma. Cuando Freud la vio, perdió el conocimiento. Como su situación profesional se hacía cada vez más eminente y al tiempo más polémica, como su notoriedad y su soledad se hacían más profundas en torno a su conciencia de sí, Freud parece haber establecido una analogía entre el trayecto mosaico y el avance del movimiento psicoanalítico. También él era un gran líder, riguroso, inflexible, destinado a conducir a la humanidad, o al menos a una porción significativa de ella, a la tierra prometida de la racionalidad, del equilibrio psíquico y la verdad científica. También él trataba de reformar a una pequeña e indomeñable banda de fieles en un gran movimiento internacional.

Como Moisés, su batalla tenía que sostenerse, en todo momento, en dos frentes: contra los gentiles, los filisteos, los falsos sabios que querían apresar la ciencia de la mente en la trampa de la censura y la superstición, y contra las vacilaciones, la obstinación, la traición, de sus propios seguidores. Esta última fue siempre —nos dice él mismo— la batalla más dura de las dos. Podía arreglárselas con los filisteos y los atacantes y censores, pero no con las desesperantes traiciones de los más cercanos a él. Una vez tras otra, como Aarón, como Coré y su pandilla, los más fieles se rebelaron, se separaron del fundador, y establecieron escuelas rivales. Alfred Adler, Otto Rank, Wilhelm Reich, Jung: rebelión tras rebelión, traición tras traición, de los más dotados, de los más próximos a él, de los hijos elegidos. Sin embargo, cualquiera que fuese el sufrimiento y la soledad personal del líder, el movimiento debe seguir adelante, rechazando cualquier compromiso y conservando la ley en su pureza original. A través del desierto del ridículo y la enemistad activa hasta el umbral de la victoria. Efectivamente, vejado como fue al final de su vida, en el exilio, destruido por el dolor físico, Freud supo que el psicoanálisis había llegado a ser un fenómeno mundial. Sospechaba que América podría ser su tierra prometida, y era plenamente consciente de que su nombre había pasado a la casa del lenguaje.

Es, en mi opinión, desde la perspectiva de esta identificación, intermitente, sin duda, con la figura talismánica y sabia de Moisés, como debemos considerar una de las últimas obras de Freud, el estudio sobre Moisés y la religión monoteísta. El enigma, desde luego, es éste: ¿Por qué Freud, tan íntimamente afectado por la figura de Moisés, creador de Israel y del monoteísmo, hizo de él un egipcio? Nunca he encontrado una explicación convincente. La mía es sólo provisional. Cuando escribía el libro, en 1938, Freud pudo ver cómo la tempestad del nazismo se cernía sobre el pueblo judío europeo. Correctamente, identificó el peculiar genio moral y la exigencia del monoteísmo judaico, del legalismo judaico, con Moisés. Haciendo de Moisés un egipcio, un líder que había llegado a los judíos desde el exterior, Freud pudo, inconscientemente, tratar de desviar del pueblo judío la nueva ola del odio gentil. Tal desplazamiento era, con seguridad, ilusorio. Pero apunta de nuevo al tejido mitológico, hacedor de mitos, del método freudiano.

El tercer aspecto se refiere a la generación de mitos. En el psicoanálisis, como en el marxismo, existe el misterio del pecado original. Pero a diferencia del de Marx, el relato de Freud es específico. Habla del parricidio realizado en la horda original, de la castración o asesinato, o ambas cosas, de la figura del padre por los hijos. La humanidad, dice Freud, lleva la marca de ese crimen original. De ahí deriva la larga historia de adaptación entre la conducta instintiva y la represión social, entre la sexualidad indiscriminada y el orden de la familia, y esta adaptación está muy lejos de ser perfecta. El malestar en la cultura, una de sus últimas obras, ofrece un diagnóstico irónico, desolado, de las tensiones, represiones, distorsiones, sufridas por la psique en el proceso de adaptación a la economía de la sociedad ordenada. Considerando la infelicidad, al parecer inherente, de la especie humana, enredada en la red de la dialéctica de las constricciones y los impulsos biológicos y sociales, Freud se adentra ahora más profundamente en lo mitológico.

El breve texto titulado Más allá del principio del placer es uno de los documentos más extraordinarios de la historia de la imaginación trágica de Occidente. Formula (y recordemos que solamente muy pocos individuos geniales pueden hacerlo) el mito del significado de la vida como un mito de amplio alcance, metafóricamente validado, como aquellos que nos han llegado de fuentes antiguas y colectivas. Dos deidades, dos dioses, dos agentes abrumadores, gobiernan y dividen nuestro ser, dijo Freud. Amor y muerte, Eros y Tánatos. El conflicto entre ellos determina los ritmos de la existencia, de la procreación, de la evolución psíquica y somática. Pero al final —contrariamente a toda nuestra expectación instintiva, intuitiva, a todas nuestras esperanzas— no es Eros, el amor, sino Tánatos el que es más fuerte, el que está más cerca de las raíces del hombre. Lo que la especie se esfuerza por conseguir, finalmente, no es la sobrevivencia y la perpetuación, sino el reposo, la inercia perfecta. En el programa visionario de Freud, la explosión de la vida orgánica, que ha conducido a la evolución humana, fue un tipo de anomalía trágica, casi una exuberancia fatal. Trajo consigo un dolor indecible y el deterioro ecológico. Pero esta desviación de la vida y de la conciencia terminará tarde o temprano. Una entropía interna está en acción. Una gran quietud volverá a la creación cuando la vida vuelva a la condición natural de lo inorgánico. La consumación de la libido está en la muerte.

Freud insistió en que éstas eran especulaciones de la imaginación, que no pertenecían al trabajo científico, sino a lo que él mismo llamaba la «metapsicología» de un hombre que envejece en una comunidad ensombrecida por la repetición de la guerra mundial y el terror más particular del holocausto de los judíos. Pero lo científico y lo mitológico se interpenetran mutuamente desde mucho antes. El mito del asesinato en la horda original es vital para el análisis freudiano de las tensiones de la conciencia del hombre moderno. El modelo de la dialéctica de Eros y Tánatos está implícito en toda la teoría del instinto y la racionalidad de Freud. Más allá del principio del placer es, sin duda, una especulación metafórica; pero su profundidad, su sombría convicción, procede del conjunto del despliegue y la lógica de las tesis de Freud. Es el acto supremo del intento continuo de Freud de reconciliar al hombre con una realidad sin Dios, de hacer esta realidad soportable proponiendo una liberación final con respecto a ella. Es en este sentido en el que los proyectos marxista y freudiano para el hombre son historias de liberación: Prometeo, Moisés, ambos libertadores o liberadores. Pero mientras que Marx anuncia una condición edénica libre de necesidad y de conflicto, Freud sabe que esa libertad sería equivalente al reposo de la muerte.

Tanto en Tótem y tabú, un libro anterior, como en Moisés y la religión monoteísta, invoca Freud de manera explícita la idea de una herencia colectiva de los recuerdos primordiales. Habla de la transmisión de experiencias arquetípicas y de traumas por la vía del inconsciente de la especie humana. La misma idea se encuentra implícita, claro está, en la metapsicología de Más allá del principio del placer. No hay hasta el momento ninguna garantía neuroquímica ni neurofisiológica para esta audaz conjetura. En realidad, la noción de recuerdos arquetípicos raciales o heredados va totalmente en contra de todo lo que la biología molecular propone como explicación posible del mecanismo genético. Es un ejemplo mitológico de metáfora rectora, tan vital para la cosmovisión agnóstica de Freud como lo es la metáfora paralela del pecado para la visión teológica del mundo. Para Freud, esta herencia del recuerdo arquetípico del albor de los hombres desempeña el mismo papel que la caída del hombre, es decir, la desobediencia del ser humano a Dios en la teología paulina.

Ahora bien, como es sabido, el concepto de un inconsciente colectivo en el que los sueños, los recuerdos, las imágenes seminales están incorporados y son transmitidos de unas generaciones a otras, incluso a lo largo de milenios, es crucial para la psicología de Jung y para toda su teoría del arquetipo. Como muestra la reciente publicación de la correspondencia entre Freud y Jung, esperada durante tanto tiempo, la amarga ruptura entre los dos hombres tuvo motivos plurales y complejos. Un énfasis muy diferente en el papel de la sexualidad, en la naturaleza del proceso terapéutico, fue sin duda uno de los motivos decisivos. Pero la coincidencia de visiones entre Freud y Jung sobre la herencia del material y las imágenes psíquicas arquetípicas me sugiere que la disputa entre las teorías freudiana y junguiana no es, en todos los puntos, completamente auténtica. Para decirlo de manera más precisa, me sugiere que en la visión que tuvo Freud de la rebelión de Jung, de la traición de Jung, había elementos opacos para él. El psicoanálisis freudiano estaba decidido a eliminar de la psique humana las ilusiones infantiles —éstas son sus propias palabras— de la religión. Freud quería liberar al hombre del infantilismo de las creencias metafísicas. La psicología de Jung, desde luego, no sólo se inspira en la experiencia religiosa en muchas de sus categorías principales, sino que ve en la religión un componente natural, necesario, de la historia y la salud del alma humana. De esta manera, la disputa freudiana con el modelo junguiano es en parte, en mi opinión, la disputa entre el agnosticismo y la creencia transcendente, y en un nivel mucho más profundo, un duelo entre una mitología nueva, una creencia sustituta, y un sistema que quiere restaurar los antiguos dioses rivales. Permítaseme citar un fragmento de una de las cartas recientemente publicadas. Jung escribe a Freud en los primeros tiempos de su relación:

Pienso, querido doctor Freud —dice—, que debemos dar tiempo al psicoanálisis para que se infiltre en la gente desde muchos centros, para revivificar entre los intelectuales la emoción por el símbolo y el mito. Muy poco a poco debemos transformar de nuevo a Cristo en lo que era, el dios adivino de la viña, y así absorber aquellas instintivas fuerzas extáticas del cristianismo con el único propósito de hacer del culto y el mito sagrado lo que una vez fueron: una fiesta de alegría embriagadora en la que el hombre recupere el éthos y la santidad del animal. En eso consistía la belleza y el propósito de la religión clásica.

Es éste un documento muy curioso. Pienso que explica algo de la dureza y el drama personal de la ruptura entre los dos hombres. Jung decía a Freud nada menos que esto: traigamos de nuevo a los antiguos dioses.

Como el marxismo ortodoxo, el psicoanálisis freudiano clásico está ya retrocediendo en la historia. Ningún analista encuentra hoy en sus pacientes algo como lo descrito en los casos de Freud. La fundamentación clínica sigue siendo problemática. El movimiento se ha dividido en docenas de iglesias amargamente enfrentadas. La liberación iniciada por Freud respecto de nuestra conciencia de la sexualidad, de las necesidades autónomas de los niños, respecto de la psicopatología y la enfermedad mental, ha sido muy considerable. Gracias a la vida y la obra de Freud, nosotros respiramos más libremente en nuestra existencia privada y en nuestra existencia social. Pero la cuestión era mucho más amplia. Freud trataba de desterrar las sombras arcaicas del irracionalismo, de la fe en lo sobrenatural. Su promesa, como la de Marx, era una promesa de luz. No se ha cumplido. Al contrario.



En Nostalgias del absoluto
Traducción: María Tabuyo y Agustín López
Imagen: © Colin McPherson/Corbis

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